«Crematorio»; una mirada al universo Chirbes

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El 15 de agosto del año pasado nos dejaba Rafael Chirbes (Tabernes de Valldigna, Valencia, 27 de junio de 1949-Tabernes de Valldigna, 15 de agosto de 2015), un escritor al que la fama, merecidísima, le llegó de forma tardía. A fin de cuentas, su obra literaria no fue precisamente prolífica, y a ello hubo de sumarle el hecho de que no fue hasta 1991, cuando contaba con 42 años, cuando publicó su primera novela (En la lucha final –Anagrama-). Su eclosión, por decirlo de alguna manera, llegó con la publicación de la que sería su antepenúltima novela, Crematorio (Anagrama. 2007), con la que se alzó con el Premio de la Crítica de narrativa castellana. Personalmente, descubrí a Chirbes gracias a ella. La adquirí uno de esos días en los que el cuerpo te pide comprar un libro, no importa el género ni el autor ni la temática, y, paseando por entre los pasillos de una librería, extraje un volumen de Crematorio de una estantería. Más allá de quienes afirman sentirse atraídos por los libros gracias al reclamo (más o menos chillón, o formal, pero estéticamente interesante) de sus portadas, yo soy de ésos que cogen un libro, lo abren y se leen un par de páginas. No tanto para ver de qué va (cosa que, en Crematorio, es imposible siquiera adivinarlo) sino para ver cómo escribe, qué tono utiliza, de qué estilo literario hace gala, su autor. Y he de reconocer que Chirbes me cautivó. Me fascinó esa hondura reflexiva, esa densidad narrativa donde, como si de un riego por goteo se tratara, daba pequeñas pinceladas aquí y allá, saltando, en ese interminable monólogo interior de su protagonista, Rubén Bertomeu, por infinidad de conceptos y ámbitos: política, religión, sociedad, economía, filosofía.

Huelga decir que adquirí el libro. Se hace duro de leer. Lo reconozco. No espere el lector encontrarse con un libro ágil, dinámico. No. De ser un animal, Crematorio sería, sin duda alguna, una boa constrictor. Un libro lento en el que página tras página el lector se va sintiendo más y más ahogado, más y más asfixiado, y más y más agobiado por la situación, por el contexto, que se narra. Y si precisamente lo consigue es por la extraordinaria –y maravillosa- complejidad de sus personajes, todos tan diferentes, todos con tantos matices, todos llenos de sutilezas. Sí. Crematorio es la narración individual de un hombre dentro de una narración coral en la que se entremezclan odios, pasiones, ambición, enfermedad, muerte, infancia, juventud, senectud, prostitución, política, corrupción y mucho más. Y todo ello perfectamente delimitado por nombres y escenas que gravitan en torno a un personaje único, irrepetible en la literatura castellana, que responde al nombre de Rubén Bertomeu, un constructor aparentemente omnímodo pero que, de la noche a la mañana, ve como todo a su alrededor se desploma como un gigante con pies de barro, como un frágil castillo de naipes a merced de dinámicas que nadie, ni siquiera su omnipotente protagonista, puede controlar.

Así, capítulos donde no existe espacio alguno ni para un punto y aparte se concatenan para conformar, al final del proceso, un todo que deja al lector, o por lo menos ésa es mi sensación, un cierto regusto amargo. Porque Crematorio no  solo tiene una lectura densa, sino que el poso que deja tras su lectura es un poso amargo. Incómodo. O, más bien, reflexivamente incómodo. Porque no es sino tras varios días, semanas o meses incluso, cuando todo ese batiburrillo del universo en él desgranado comienza a adquirir una forma incómoda, de regusto como de bilis, de saber que has leído algo que ha sido capaz de metérsete en las entrañas y hurgar hasta el dolor.

Y es así porque Chirbes es único en dotar de tal realismo a las escenas, a la cotidianeidad de lo narrado, que el libro, en determinados pasajes, resulta hasta incómodo. Hablo de las escenas familiares. Hablo de su manera de filosofar sobre la muerte. Hablo, también, cómo no, de las escenas de sexo. Y hablo, por supuesto, de todo aquello que el libro destila y que ni siquiera es narrado. Esa violencia contenida, esos pensamientos ocultos que no se verbalizan pero se intuyen; esa ira en algunos momentos. Esa bajeza moral.

Contiene, además, todo un elenco de personajes que dan realismo a todas estas pasiones. Personajes que, todo sea dicho de paso, están –a pesar de sus particulares idiosincrasias- alejados del fatalismo que salpica a los protagonistas de otras novelas de corte realista como bien pudieran ser las de Camilo José Cela (más rayano con el tremendismo) o las de Miguel Delibes, a quienes todo cuanto les sucedía parecía estar sobrevenido por esa especie de inercia de lo que podría denominarse como “destino”. En Chirbes todo tiene una explicación. Más general o más puntillista, pero una explicación. Sucede lo que sucede no porque tuviera que suceder porque sí, sino porque la concatenación de hechos, de situaciones, acaban por empujarlos a una coyuntura particular. Y ese caleidoscopio de hechos, además, tiene la particularidad de resultar muy familiar al lector. Porque somos testigos del tiempo que nos toca vivir, y porque palabras como corrupción, ambición o envidia están presentes en el imaginario de todos nosotros, en nuestro día a día, en los telediarios, en las noticias, en los medios de comunicación.

Así, discurre por “Crematorio”, como un larguísimo rosario de pinceladas puntillistas, una ex mujer recordada por su inapetencia sexual y su enfermedad; una nueva novia, embarazada, joven, en la flor de la vida, amante de los lujos, que controla a Bertomeu con el arma del sexo, que lo desmonta con su cuerpo cada vez que lo galopa, que juguetea con él, medio en broma medio en serio, con el tema de la edad, de su madurez rayana con el ocaso, una nieta procaz e indisciplinada, una madre cuya figura de autoridad se desvaneció hace tiempo, un hermano fallecido, Matías, que, como si de un leit motiv se tratara, aparece a lo largo de toda la narración para servir de cayado a las disertaciones de Rubén, del patriarca Rubén, del ambicioso Rubén; un mafioso ruso, Traian, con quien entró en tratos y no ha hecho más que traerle disgustos; unos hombres de confianza, Sarcós y Collado, cada uno con sus métodos, cada uno con sus pequeñas grandezas y, sobre todo, con sus grandes miserias; una nebulosa que lo impregna todo, la especulación urbanística que fagocitó durante tantas décadas el litoral español, la droga, la prostitución, los negocios sucios, la política, la corrupción, la miseria. Ese retrato salvaje, sórdido e hiriente, de la España que ya se asomaba a la crisis en la que luego acabaría sumida. Esa bajada a los infiernos de la freza más deshumanizada de la España inmediatamente anterior a la recesión.

Todo esto y mucho más es Crematorio. Un salvaje monólogo interior lleno de pinceladas y guiños a otros autores, llena de reflexiones, algunas propias y otras específicas de determinadas corrientes de pensamiento, que confieren a la obra la categoría de, si no obra maestra (para gusto están los colores) sí, al menos, ambiciosa. Huelga decir que su lectura me produjo tal impresión, y tan grata, que tan pronto como salió a la luz “En la orilla”, su siguiente incursión en la novela en la que, siguiendo el mismo tempo narrativo, abordó la España de la recesión, fui corriendo a comprarla. ¿Y qué me pareció?

Pues a esa pregunta daré respuesta en una próxima entrada en este recién creado blog.

Si acaso alguien leyera ésta, claro está.

Cultura y salud, amigos.