“En la orilla”. Una mirada al universo Chirbes (2)

rafael chirbes

Si hace unos días disertaba sobre “Crematorio” (Anagrama. 2007), del escritor valenciano Rafael Chirbes, hoy le toca el turno a “En la orilla” (Anagrama. 2013. Premio Nacional de la Crítica 2014 y el Premio Francisco Umbral al libro del año 2013), la que podría considerarse –sin tener absolutamente nada que ver entre sí- como la segunda parte de “Crematorio”. Puede resultar paradójico, pero enseguida entenderá el lector esta asociación de términos cuando, si ha leído la brillante novela sobre el ascenso y caída de Rubén Bertomeu, advierta que su siguiente incursión literaria tiene, al igual que en la anterior, el litoral español como marco para el desarrollo de la acción, y que dicha acción no es sino la semblanza de los excesos cometidos en “Crematorio”. Hablo de que en aquélla, ambientada en la España inmediatamente anterior al estallido de la crisis económica, la especulación inmobiliaria, la corrupción y la ambición tenían un gran peso dentro del hilo argumental. Y, en ésta, en cambio, es la España del descenso a los infiernos de la recesión la que sirve como escenario para su ambientación.

Tiene “En la orilla” una estructura narrativa análoga a la planteada en “Crematorio”, es decir, que Chirbes vuelve a valerse de extensos capítulos donde no hay un momento para el respiro, donde el punto y aparte se antoja innecesario por cuanto está articulada –salvo el primer capítulo, narrado en tercera persona y que relata el descubrimiento, por parte de Ahmed,  de una bolsa que contiene restos humanos en un marjal de Olba, un pueblo imaginario (al igual que fuera Misent en Crematorio) de la Comunidad Valenciana- como un monólogo interior de su protagonista, Esteban.

Tiene “En la orilla” algo de parentesco con “La colmena”, de Camilo José Cela, en el sentido de que a lo largo de toda la narración desfilan numerosos personajes que, más allá de aportar algo al desenlace de la novela (si es que acaso pudiese considerarse que En la orilla tiene desenlace),  ayudan a dotar de sentido global a la obra, es decir, que le otorgan cosmovisión y que sirven para que el lector ponga el foco en el quid que la articula: la desolación. Sí. Porque Chirbes hace que sus personajes exuden desolación por los cuatro costados, y consigue que esa desolación lo impregne todo. De nuevo, y al igual que en Crematorio, vuelve a aparecer (así se me antoja a mí) esa especie de texto boa-constrictor, que te va agobiando, asfixiando, ahogando cada vez más y más, y que, una vez has terminado de leerlo recapacitas y te sobreviene un amargo reflujo de bilis. Porque En la orilla no está escrito con el corazón o con la cabeza. Está escrito con el estómago. Es un texto técnicamente casi perfecto pero muy visceral. Porque Chirbes mide muy bien el tempo, la forma y la voz de los personajes, aunque debajo de sus acciones, o de sus palabras, subyazca un poso eminentemente visceral que te hace pensar mucho durante la lectura y, lo que es más curioso, infinitamente más tras su lectura.

Así, como principales actores de una narración en la que se glosa la vida de Esteban, un carpintero sexagenario (aunque más cercano a los 70 que a los 60) que está sufriendo en sus carnes los despropósitos de la recesión, aparecen, como en un larguísimo rosario de penitentes, su padre, un hombre de muy avanzada edad, enfermo e incapaz de valerse por sí mismo, al que Esteban cuida con la ayuda de Liliana, una mucama colombiana), Tomás Pedrós, un constructor de cierto éxito hasta llegada la recesión que convence al carpintero para invertir todo el capital familiar en el desarrollo de una nueva promoción de viviendas que, cuando llega la crisis, la construcción se paraliza y Esteban pierde todo cuanto tenía, casa, ahorros y carpintería; además de éstos, Chirbes, como en el paralelismo antes nombrado de “La colmena” de Cela, aparecen otros tantos personajes con mayor o menor peso dentro de la narración:  completan el cuadro familiar la madre de Esteban,  su hermano mayor Germán (muerto de un cáncer de pulmón, la misma enfermedad que acabaría con la vida del propio Chirbes), su hermana Carmen, con la que perdió el trato hace tiempo puesto que no les visita y vive en Barcelona, su hermano menor Juan, y su tío Ramón. Y luego entra de lleno en diseccionar la vida de sus amigos. Empieza por Francisco, proveniente de una familia de extrema derecha, que ha logrado esquivar la crisis gracias a su éxito como enólogo y experto en vinos y que está casado con Leonor, el gran amor de Esteban; sigue con Justino, quien amasó una gran fortuna a base de explotar inmigrantes; y continúa, por ejemplo, con Joaquín, quien tiene tres hijos pequeños y ni tiene profesión ni tampoco estudios o cualificaciones que le ayuden a trabajar.

En definitiva, En la orilla es una minuciosa disección de la crisis contada en primera persona, desgranada gracias a detalles que, conforme van sucediéndose, parecen nimios hasta que al final toman forma, como una gigantesca bola de nieve formada copo tras copo. Y esa disección es dura, desgarradora y angustiosa. Sí; En la orilla te deja un poso amargo, muy amargo. Pero te ayuda, curiosa paradoja, a entender por qué España es, hoy en día, tal y como es.

A este respecto, y como epílogo de esta entrada, me gustaría disertar sobre el título de la obra. Creo –y esta interpretación es completamente libre- que “En la orilla” no tiene nada que ver con el hecho de que ese pantano, ese marjal, tenga protagonismo dentro de la trama. De hecho, creo que “En la orilla” tiene un significado más metafórico que otra cosa, puesto que es la orilla el lugar donde acaban siendo depositados, gracias a las corrientes de agua, los restos, las inmundicias, la basura. Y creo que Chirbes intentó decirnos que la crisis se cebó tanto con Esteban que él mismo acabó sintiéndose un resto, algo prescindible para la sociedad, incapaz de remontar su negocio, incapaz de remontar su vida personal, incapaz de vivir un día más en una sociedad deshumanizada y abyecta. Sí, creo que Chirbes quiso transmitir que Esteban se hallaba en ese punto, en la orilla de la vida, advirtiendo cómo las cosas han ido sucediéndose y cómo ese oleaje vital le ha ido llevando y trayendo de aquí para allá hasta dejarlo ahí, justo ahí, en la orilla. El lugar donde ya no hay vuelta atrás. El lugar donde ha sido depositado y del cual ya nunca más podrá salir. El lugar desde el cual narra su vida y, como si del oleaje se tratara (ese oleaje que va y vuelve), habla de su vida, luego de la de sus amigos, vuelve a su vida, luego diserta sobre el padre, luego vuelve de nuevo a su vida, luego de la mucama… y así sin cesar.

Hasta que, por fin, es depositado en la orilla.