“El silencio del pantano”, inmejorable tarjeta de presentación de Juanjo Braulio

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Uno de mis recientes -y más gratos- descubrimientos literarios ha sido “El silencio del pantano”, del valenciano Juanjo Braulio, una novela negra de contenido metaliterario que, personalmente, me asombró por cuanto a calidad, argumento y estilo. Soy –es mi debilidad literaria- un amante del género noir. Desde Chesterton hasta Conan Doyle pasando por Chandler, Vázquez Montalbán, Lemaitre, Chirbes o Bolea, cualquier obra que contenga un crimen, o una trama más o menos oscura, tiene –a priori- mi visto bueno para su lectura. Otra cosa es, evidentemente, que me guste. Que también tengo la estantería llena de libros que ni fu ni fa y otros que empecé y no llegué a terminar porque no terminaban de gustarme. El caso es que “El silencio del pantano” me gustó. Y mucho.

Para empezar, su esqueleto literario es, aunque para nada innovador, sí, por lo menos, muy curioso. En primer lugar, porque posee un carácter que podría definirse como metaliterario (hay una obra literaria dentro de otra, y ambas, además, versan sobre género negro), y, en segundo lugar, porque el juego de narradores, al más puro estilo de Paul Auster, está francamente bien logrado.

Así las cosas, y grosso modo, “El silencio del pantano” presenta dos tramas bien diferenciadas: por una parte, la protagonizada por David Grau, un brigada de la Guardia Civil cuyos métodos de investigación son tan minuciosos como originales. Grau, además, es gay, y ello dota al personaje de unas características novedosas desde el punto de vista literario, puesto que todavía no son muchos los ejemplos narrativos del género negro en los que sus protagonistas, ya sean hombres o mujeres, tienen (en caso de ser especificadas) preferencias sexuales distintas a las heterosexuales. De los últimos libros que he leído, de hecho, solo me vienen a la cabeza un par de ejemplos: la enigmática inspectora Martina De Santo de las novelas de Juan Bolea (Crímenes para una exposición, Los hermanos de la costa, La mariposa de obsidiana…), a cuya figura trapezoidal de andrógina belleza el autor aragonés dota de cierta ambigüedad sexual, y también la sugerida bisexualidad de la inspectora Arancha Arenzana de la novela “Los crímenes del abecedario”, del también autor aragonés Esteban Navarro. Autores ambos, por cierto, compañeros de editorial de Juanjo Braulio, ya que publican en Ediciones B.

Por otra parte, la segunda trama de El silencio del pantano cuenta con Q. como principal protagonista. Escritor de novela negra, Q. relata lo vivido, esto es, narra en sus libros los crímenes que comete. De este modo, ambas tramas se entremezclan de una manera tan ingeniosa como brillante, hasta el punto de que es capaz de mantener al lector en tensión en todo momento, desde la primera hasta la última página. Y esto, ojo, no es nada fácil en una novela de noir. Máxime cuando muchas de ellas incurren en un error muy habitual, que no es otro que el de embarrarse demasiado en la trama, en marear la perdiz sin dar la sensación de avanzar. En llenar de farfolla, de hojarasca inane, la narración.

Braulio, sin embargo, logra esquivar este error con una maestría digna de un escritor consumado, algo realmente sorprendente si tenemos en cuenta que El silencio del pantano es su primera incursión novelística. Oiga, me podría preguntar un lector; entonces… ¿cómo es posible que la primera novela de alguien pueda ser tan, a tenor de sus palabras, técnicamente brillante? Pues mire, en esta ocasión creo que la respuesta tiene algo de “trampa”, y es que Braulio, al igual que quien está escribiendo estas líneas, es periodista. Es decir, tiene en el uso del lenguaje y en el uso, también, de la información, el alfa y el omega de su desempeño profesional. Manejar, procesar y estructurar información es algo que está en su ADN. Y, en el caso de Braulio, esa formación periodística se nota en el libro. ¿Pero quiere usted decir entonces que cualquier periodista es capaz de escribir bien un libro?, podría preguntarme, llegados a este punto, ese mismo lector.  Pues no. Evidentemente. De hecho, podría poner muchos ejemplos de grandes periodistas autores de tristísimos libros, pero no viene a cuento. Simplemente, y me centraré en Braulio, creo que ha demostrado en esta novela que puede conseguirse un equilibrio magistral entre lo que como periodista te pide la cabeza (articular los textos siguiendo la norma de las 5W, huir de epítetos, centrarse en la objetividad) y lo que, como novelista, te pide el cuerpo.

No ahondaré mucho más en desvelar la evolución argumental de la novela, por no destripar una trama que merece la pena leer con la sorpresa como compañera de viaje, así que me limitaré a comentar una última cuestión que me parece tan interesante como digna de ser destacada. Me refiero al hecho de que la novela está ambientada en Valencia, y cuando uno la lee (a mí, al menos, así me sucedió) no puede evitar establecer ciertas comparativas, ciertas analogías, con Crematorio o En la orilla, de Chirbes, autor –también valenciano- que ambientó ambas novelas en esta zona del litoral español. De hecho, a mi juicio, la influencia de Chirbes en ciertos pasajes es más que evidente, hasta el punto de que no solo el fondo sino también la forma se antojan como eminentemente chirbesianas.  Pero no lo digo como algo malo; al revés, creo que, al hacer suyo el estilo de Chirbes, Braulio no está haciendo sino rendir un homenaje al genial y tristemente fallecido autor de Crematorio, hasta el punto de que estoy plenamente convencido de que si su paisano hubiese vivido veinte días más y hubiese leído “El silencio del pantano” (Chirbes falleció el 15 de agosto de 2015 y la obra de Braulio fue publicada el 2 de septiembre de ese mismo año) hubiese afirmado que no le hubiese importado firmar alguno de los párrafos de la obra de Braulio.

En definitiva, una –a mi juicio- interesante obra de noir, bien escrita, bien estructurada y brillantemente resuelta, con la que consigue que el lector no pueda dejar de leer, y que cuando se vea abocado a hacerlo se cisque en todo por tener que haber dejado la lectura.  Personalmente, creo que es de lo mejorcito de género negro que he leído en este 2016, junto con La chica del tren (Paula Hawkins), El mal camino (Mikel Santiago) o El síndrome de Jerusalén (Juan Bolea), novelas todas ellas de las que, si me sigo animando a darle a la tecla, hablaré largo y tendido en este blog cuando llegue el momento.

Salud y cultura, amigos.

 Más información sobre el libro y el autor:  http://www.juanjobraulio.com

Imagen de cabecera de la entrada extraída de http://www.juanjobraulio.com