«El mal camino», adictivo thriller de Mikel Santiago

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Hoy voy a hablar de una de las novelas –a mi juicio- más equilibradas, y mejor resueltas, que he leído últimamente: “El mal camino” (Ediciones B. 2015), del escritor vasco Mikel Santiago (Portugalete, 1975).

Empezaré por decir que, aunque existe cierto quórum a la hora de señalar a esta obra como integrante del género noir, yo no considero dicha obra como tal; más bien, en todo caso, la enclavaría dentro de la tipología de thriller. Anécdotas terminológicas aparte, el hecho es que “El mal camino” es una novela que abrí gracias a las buenas críticas que había leído sobre ella en multitud de blogs literarios, ninguno de ellos sospechoso de rendir pleitesía a tal o cual autor o a tal o cual editorial. Sea como fuere, el caso es que un buen día me planté en casa con un ejemplar de “El mal camino” y comencé a leerlo. Y recuerdo perfectamente lo primero que dije cuando, después de devorar un buen número de páginas, lo cerré no sin poco dolor de corazón: “Este tío (Mikel Santiago) es bueno”.

Leo mucho. Muchísimo. Lo mismo me da un clásico que un autor nobel que otro novel. Y de entre todo lo que leo hago una criba mental sobre aquello que me parece nefasto, malo, regular, pasable, bueno, muy bueno y estupendo. No diré que “El mal camino” me parezca estupendo, pero ciertamente se le acerca mucho. A ver: tiene un argumento adictivo, una manera de narrar ágil y un desenlace muy bien logrado. ¿De qué adolece, entonces, para que no ocupe un lugar en mi particular Olimpo novelístico? Pues en que, a mi juicio, el libro cojea en el tratamiento de (salvo su protagonista) los personajes. Personalmente, creo que para ser una pedazo de novela, y no solo una novela cojonuda, a «El mal camino» le falta tratar con mayor profundidad la psicología de sus personajes, amén de otro detalle menor que me chirría un poquito: que tanto con el protagonista (un escritor) como con su mejor amigo (un rockero), Mikel Santiago tira de clichés prototípicos de este tipo de profesiones para describirlos.

Qué mal me ha sentado escribir este párrafo anterior. Parece que esté diciendo que la obra no es buena por lo anterior, pero nada más lejos de la realidad. Porque, salvando esos detalles, pienso que «El mal camino» es un libro brutal.

Así que, por favor, que nadie se me indigne. Lasai, eh?, que les diría a los colegas jarrilleros de Santiago si me estuviesen leyendo. Porque, y he aquí la grandeza de la literatura, hay veces que ello –lo de dotar a los personajes de profundidad literaria- no es ni necesario. Fijaos en este detalle:  La inmensa mayoría de los personajes que desfilan por las obras de Stephen King (y de tantos otros también, incluidos otros bestsellers como Patricia Highsmith o John Connolly) carecen de dicha profundidad, y eso no quita para que todos esos autores sean verdaderos maestros creando atmósferas, enredando tramas y, en definitiva, contando historias brillantes de misterio y terror que atrapen al lector. Que de eso es de lo que se trata, a fin de cuentas, la literatura comercial. Sí, puede que Santiago no sea Delibes pintando el alma de los personajes. Pero entendiendo «El mal camino» como un conjunto, creo que se lo perdonamos tranquilamente. Porque el resto del libro es crema. Además, si la acción no lo requiere, para qué queremos farfolla, ¿verdad?

En definitiva,  y volviendo a la obra, más allá de ese detalle de la profundidad de los secundarios y de esos clichés anunciados, la novela me parece, simplemente, redonda. Jodidamente redonda. Y me lo parece por dos motivos: Para empezar, Santiago se hace valer de uno de los sistemas narrativos más ágiles, y más complicados, que existen: la primera persona. De este modo, el libro avanza raudo gracias a una narración que te hace empatizar con el protagonista, que te pone en su piel y te hace partícipe de sus dudas, de sus miedos, de sus sospechas. Y en segundo lugar, el argumento es brutalmente adictivo. ¿Y de qué va? Pues, grosso modo, y en apretado resumen, el libro versa sobre un escritor de éxito, Bert Amandale, quien, en aras de poner en orden su vida y reconducir la relación con su mujer y con su rebelde hija adolescente, se muda a vivir a la Provenza, donde, al cabo del tiempo, acabará por mudarse también su mejor amigo, Chucks Basil, una estrella del rock en horas bajas pero que está preparando un disco que, no le cabe la menor duda, le devolverá el estatus de rock-star que otrora tuviera.  Un día que Chucks vuelve a casa conduciendo, atropella mortalmente a un hombre, y presa del pánico se da a la fuga. Al llegar a su casa, reconsidera su acción y decide ir a la Policía a confesar el atropello y a entregarse. La Policía se persona en el lugar donde Chucks afirma haber atropellado a ese hombre y, para sorpresa del músico, no hay ni rastro del cadáver. A partir de ahí, la novela se enreda de una manera espectacular con la aparición en escena de unos idílicos (pero inquietantes) vecinos de Bert, un matrimonio que regenta una institución de corte psiquiátrica en la que sus internos siguen tratamientos de desintoxicación o deshabituación de todo tipo de sustancias pero que parece esconder un turbio secreto. ¿Y qué más pasa? Pues de todo. Y a todos. Pero no es la intención de este blog, ni de mi persona, el contarlo al detalle. Aquí, y así presento mi blog, solo diserto sobre obras literarias. No destripo sus argumentos.

Antes de leer “El mal camino” habían llegado a mis oídos ecos de la obra de Santiago que precedió a ésta, “La última noche en Tremore Beach”, y lo habían hecho, además, en idénticos términos que “El mal camino”, esto es, obteniendo el plácet de la inmensa mayoría de los lectores. Reconozco que no la he leído, pero también reconozco que, una vez leída “El mal camino” y en vista de su punch, solo es cuestión de tiempo que me haga con un ejemplar y lo lea. Porque coincido al 100% con todos aquellos blogueros y lectores anónimos que recomendaban la lectura de la última obra de Santiago. A fin de cuentas, cuando el río suena es porque agua lleva, y, dejando fuera de la ecuación a los críticos literarios ad hoc, creo que el universo blogger y los foros literarios te pueden indicar con bastante exactitud cuándo una obra merece o no la pena. Yo, personalmente, confío en este tipo de fuentes de información. Bastante más que en la crítica literaria tradicional, las cosas como son. ¿Y por qué?, me podría preguntar un lector. Pues por una sencilla razón: en una ocasión adquirí, recomendado en un potente medio de comunicación por un ilustre, conocido y reconocido crítico literario, cierta novela de un insigne periodista y también novelista, un señor ya fallecido de pelo cano, voz profunda y prominentes gafas de pasta que ejercía de columnista en ese mismo medio de comunicación escrito. Pues bien, si tuviese que definir con una palabra dicha obra, y por no decir “truño”, que no viene reflejado en la RAE (aunque tiempo al tiempo; después de admitir “muslamen” cualquier cosa es esperable de la institución lingüística), diría que era un zurullo. O un mojón. En cambio, todas aquellas obras que he comprado, y leído, después de advertir que obtenían el beneplácito de disparidad de lectores, más o menos entendidos de literatura, más o menos versados en ella o más o menos exigentes con la calidad de los libros, han acabado por obtener mejores resultados en lo que a mi juicio se refiere. Y con el caso de Mikel Santiago lo han clavado.

Este tío es bueno, dije cuando empecé a leer el libro.

Pero qué bueno es este tío, dije cuando cerré su última página.

Poco más os puedo decir sobre «El mal camino». En todo caso, que si no lo habéis leído no sé a qué estáis esperando para hacerlo.

Salud y cultura, amigos.

 

fuente de la imagen: http://www.eldiario.es