Una mirada a «Cuando éramos ángeles», de Beatriz Rodríguez

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Hace apenas un par de semanas finalicé la lectura de Cuando éramos ángeles (Seix Barral. Biblioteca breve. 2016), de Beatriz Rodríguez. El libro -autob0mbo incoming- era uno de los volúmenes que recibí como premio por ganar el V Concurso de Microrrelatos «El folio en blanco» de la Cadena Cope Ávila con este texto:

El enigmático señor X

 A Catalina le sobraron dos de los tres minutos de aquella cita rápida con el señor X para enamorarse de él. Tenía todo lo que buscaba en un hombre.  Y, además, era enigmático: no había querido decirle su nombre real.

Mientras al día siguiente Catalina dudaba entre llamarle o esperar a que lo hiciera él, el señor X hacía fila en el Registro Civil. El día anterior había conectado con Catalina Simón, la famosa escritora. Era perfecta. Solo tenía un ‘pero’: le había dicho que odiaba a muerte –defecto profesional- los gerundios.

Y, también era casualidad, él se llamaba Armando.

Cierro este brevísimo inciso con un cordial saludo para el equipo de el estupendo programa El folio en blanco, cuyo certamen literario de microrrelatos se me antoja como una estupendísima iniciativa cultural que casa a la perfección con el formato ágil y rápido de la radio y de la que bien podrían tomar nota, para hacerse eco, muchas otras emisoras a lo largo y ancho de esta piel de toro tendida al sol que es España.

Dicho lo cual, vuelvo con Beatriz Rodríguez y su «Cuando éramos ángeles».

He de reconocer que no conocía a la autora, las cosas como son, pero eso, cuando te enfrentas a la lectura de un libro, es -así lo pienso yo- un dato a favor. Principalmente porque lo haces alejado de cualquier tipo de prejuicio, o de expectativa, que su conocimiento te pudiera provocar. No obstante -permítanme ser «clasista»- pero el hecho de que «Cuando éramos ángeles» estuviese publicado en Seix Barral a mí me generaba, de entrada, algo de confianza. Las cosas como son: las editoriales, sobre todo las grandes, serán todo lo que queramos, pero el rodaje del business literario lo tienen más que trillado. Eso significa que van a lo seguro. Que apuestan por valores seguros. Por autores y textos que, saben, van a rentabilizar. ¿Queréis un ejemplo? Pues os pongo dos. De la misma biblioteca breve de Seix Barral: Jesús Carrasco y su sensacional «La tierra que pisamos» o… redoble de tambores… el inigualable, formidable y nunca suficientemente elogiado -literariamente hablando- Eduardo Mendoza y su última e hilarante novela, «El secreto de la modelo extraviada». Libros estos dos estupendos, altamente recomendables, sobre los que hablaré aquí en futuras entradas, pero que, al igual que el de Rodríguez, con una ilustración de portada anodina, insulsa, que no transmite gran cosa.

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Sigo. El caso es que, no me digáis por qué, antes de lanzarme a leer la novela, decidí «documentarme» para ver qué impresión había causado entre sus lectores. Y me quedé perplejo. El mundo blogger, en su inmensa mayoría, ponía buena nota a la obra; mientras que la única crítica literaria que leí, firmada en El País por J. Ernesto Ayala – Dip, no era precisamente benevolente.

http://cultura.elpais.com/cultura/2016/01/14/babelia/1452783748_073499.html

De la crítica, cuyo enlace he dejado aquí arriba por si alguien quiere echarle un vistazo, me quedé especialmente con estos dos asuntos:

1.- (sic.) Y ya no digamos lo que me asusto, sobre todo por el mal gusto, si leo una cláusula como la siguiente: “La punta del clítoris le sabía a almendras”

2.- (sic.) Otra línea roja que se enciende en mi lectura es cuando un libro incluye en cada capítulo una receta de cocina (excepto cuando se trata de un libro de cocina). Y si eso ocurre en una pretendida novela con intriga (aunque también lo es generacional) mi desánimo aumenta exponencialmente, porque pienso que eso ya lo hizo Manuel Vázquez Montalbán mucho mejor y con más argumentos narrativos, dada la singular idiosincrasia de Pepe Carvalho.

Así que, estimado lector, comprenderá que abri la novela con una intriga casi mayor que la planteada en el argumento la novela. Qué incertidumbre, válgame Dios.

Y, qué quieren que les diga. A mí me gustó. Bastante. Y os diré por qué.

En primer lugar, hay que saber poner a cada novela en su momento, y en su lugar. No se puede leer «Cuando éramos ángeles» de una manera dirigida y contextualizada  y compararla, como hacía Ayala en su crítica de El País, con cualquier novela de Pepe Carvalho, y no se puede hacer, simplemente, por un motivo: del malogrado Vázquez Montalbán (del que me declaro un ferviente admirador) todos tenemos una cosmovisión de su obra. Sabemos que su inmortal personaje, el inspector Pepe Carvalho, tenía afinidad por introducir elementos culinarios en su personaje, pero eso nos hace gracia -y lo asumimos como un rasgo inherente al personaje- porque conocemos toda su obra. Quizás en un momento inicial pudiera haber un crítico literario que entendiese aquel recurso como un mal macguffin, a todas luces innecesario, y no como lo que era, como un recurso para dar hilazón y servir de argamasa entre las partes de la novela. Tampoco, por poner otro ejemplo, puede leerse la obra de Rodríguez con el foco puesto en sus posibles defectos de forma, estilo o argumento. La obra, cualquiera, ha de entenderse como un todo, y ese todo acaba por resultar armónico o no en función de lo atractivo de su desarrollo, de la presentación de los personajes, del desgranamiento de la trama, de la brillantez del remate. Siento desmontar de este modo el texto de Ayala en El País, a quien no conozco y quien probablemente sea un excelente crítico literario, pero me parece que no estuvo muy acertado en ciertos planteamientos sobre «Cuando éramos ángeles». Principalmente porque, siguiendo a rajatabla los postulados planteados en la crítica, el formidable Petros Markaris sería otro damnificado de la cosa culinaria por cuanto tiende, también, a introducir elementos gastronómicos a lo largo de la redacción de los casos que investiga su inspector Kostas Jaritos.

Sea como fuere, el hecho es que, como había empezado a decir antes de irme por las ramas, a mí «Cuando éramos ángeles» me gustó. Es un libro de lectura fácil, ágil, con un argumento sencillo que te atrapa y con unos personajes lo suficientemente definidos como para entender quiénes son y por qué son como son. Por supuesto que la obra no tiene la profundidad de «La insoportable levedad del ser» de Milan Kundera, por supuesto que, para abordar el tema de un crimen cometido en un escenario rural, no tiene la complejidad de «Mazurca para dos muertos» de Cela, por supuesto que Rodríguez no ha pintado el alma de sus personajes como sí que lo hiciera, en otra maravillosa obra ambientada en un escenario rural, Miguel Delibes en «Los santos inocentes». Por supuesto que no. Pero eso no quita para que sea una obra correcta en su conjunto. Que lo es, y mucho.

Grosso modo, la obra versa sobre la aparición del cadáver de un hombre (Fran Borrego) en las inmediaciones de un pueblo -Fuentegrande-, y las investigaciones que realiza Clara, la directora de un periódico comarcal, para acercarse a la verdad sobre el crimen. Una verdad que tiene su origen muchos años atrás, cuando los protagonistas de la intriga eran ángeles, apenas unos adolescentes.

Personalmente, la manera de evolucionar de la trama se me antoja correcta. En ocasiones da la sensación de que zanja los capítulos, o las escenas, con demasiada brusquedad, algo que me ha hecho plantearme la cuestión de que, con las buenas mimbres existentes como base del argumento, si acaso no le hubiese venido bien a la obra medio centenar de páginas más. Que Rodríguez hubiese levantado el pie del acelerador en alguna ocasión. Que hubiese hecho fluir la información suministrada de manera más pausada, más cadenciosa, recreándose en el cómo y no tanto en el qué.

En cualquier caso, insisto, a mí me pareció una buena novela. Correcta, bien resuelta y bien hilada. Lo que Ayala en El País veía como un defecto de forma, el tema gastronómico, a mí se me antojó curioso. Cuestión de gustos, supongo. Eso sí, lo que discrepo absolutamente con la crítica literaria de El País es cuando Ayala afirma que «Y ya no digamos lo que me asusto, sobre todo por el mal gusto, si leo una cláusula como la siguiente: “La punta del clítoris le sabía a almendras”.

A mí, al revés, esta imagen me parece un golpe brillante. Jamás había leído un paralelismo parecido,  y éste se me antojó bueno. De mal gusto, ya me perdonarán los lectores que discrepen con lo que ahora voy a decir, es concatenar tres volúmenes de porno para mamás englobados bajo el título de «50 sombras de Grey» y llenarlos de situaciones narradas y exhautivamente definidas con bastante peor gusto que la del clítoris y las almendras, sin siquiera tratar de buscar un componente literario bello, casi poético, como sustitución a términos como sexo oral o cunnilingus, cosa que sí que hizo Rodríguez  con, a mi juicio, bastante acierto.

Termino.

Puede que «Cuando éramos ángeles» no sea una novela que pasará a la historia, pero hay tantas y tan buenas novelas que no lo harán, que sería inútil -y costosísimo- enumerarlas todas. Pero ello no quita para que, quitándonos la venda purista, podamos acercarnos a ella como lo que ques, una obra entretenida y muy solvente, que te hace pasar un buen rato mientras desenmarañas la trama, mientras llegas al fondo del asunto, al germen (allá por los 90) del crimen acaecido tantos años después, y que, cuando la cierras, te deje la sensación de haber leído un libro ágil, entretenido, correctamente escrito y bien planteado.

Características, todas ellas, inexistentes, por ejemplo, en el Ulises, de Joyce, y, lo que son las cosas, resulta que es considerada una obra maestra de la literatura y no un mojón como la copa de un pino, que es lo que -ahora que sois pocos los que me leéis, si es que acaso habéis llegado hasta aquí, os confesaré- un servidor opina de la obra del escritor irlandés.

Pues nada más.

Salud y cultura, amigos.

*Fuente de la imagen superior: http://www.eldiario.es

Un comentario en “Una mirada a «Cuando éramos ángeles», de Beatriz Rodríguez

  1. Pobre Joyce. El principio del monólogo interior en la moderna literatura.
    Totalmente de acuerdo en cuanto a lo que dices de que hay editoriales que no defraudan.
    A mi me pasa con Anagrama.
    Un saludo.

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