«Holy cow», o cómo David Duchovny nos sorprende, también, como escritor

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Hoy voy a hablar de “Holy Cow” (editorial Stella Maris), la primera incursión literaria del actor David Duchovny, a quien muchos recordaréis por su papel del agente Fox Mulder en la serie Expediente X y también –aunque de esto igual os acordáis menos- por su brillante interpretación en la desapacible película Kalifornia (1993), donde compartió cartel con unos jóvenes Brad Pitt y Juliette Lewis.

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Lo primero de todo, me gustaría poner en valor el excelente, brillante pero por desgracia sucio, (porque nadie se suele acordar jamás de los profesionales que ponen todo su talento al servicio de los libros) trabajo de traducción. ¿Y por qué digo esto? Porque Holy Cow, independientemente del trasfondo que de ella se extraiga, de su moralina o de su acidez en algunos momentos, no deja de ser una obra de humor. Y todo el mundo sabe que el humor británico no es igual que el humor sueco, y éstos no son iguales que el humor holandés y mucho menos que el humor español. Así que el trabajo de traducción juega un papel capital, ya que estamos hablando de una obra cuyo humor y expresiones, fraguadas por un neoyorkino como Duchovny, probablemente difieran de las que utilizaríamos en castellano, pero es que la traducción está tan lograda que uno parece que se esté enfrentando a un libro escrito por un literato español.

Sigo.

Holy Cow, en apretado resumen, narra la historia de una vaca que vive despreocupada y plácidamente en una granja hasta que un día, por casualidad, se asoma al interior de la vivienda de los granjeros y comprueba horrorizada cómo en la televisión están echando un documental sobre vacas, sobre mataderos y sobre qué les sucede a sus congéneres una vez completado su ciclo reproductivo y agotado su ciclo de producción de leche. En ese instante, Elsie (que así se llama la vaca) urdirá un plan para huir de allí, y contará con la ayuda de dos animales más, un cerdo y un pavo, quienes también son conscientes de sus respectivos destinos, ligados intrínsecamente a la cadena alimentaria humana. De este modo, la vaca, el cerdo y el pavo abandonarán la granja e iniciarán un viaje surrealista en el que tratarán de alcanzar sus destinos ansiados: La India en el caso de la vaca, donde dado su carácter sagrado esquivará la atroz muerte en el matadero, Israel en el caso del cerdo (que se rebautiza como Shalom en la novela), y Turquía para el pavo, que se hace llamar Tom Turkey.

Huelga decir que los tres integrantes de esta historia viven disparatadas aventuras en su viaje, un periplo que, al estilo de La Ilíada de Homero, no hace sino resultar circular tanto desde el punto de vista geográfico como desde el punto de vista del pensamiento, ya que Elsie (momento spoiler) acaba por entender que tal vez la vida que lleva en la granja es, salvando ese destino que es la muerte, idílica, ya que, a fin de cuentas, la parca no hace distinciones entre unos y otros y a todos acaba alcanzando por igual de una u otra manera.

Dicho esto, y entrando de lleno en el meollo del análisis, he de reconocer que Holy Cow me sorprendió gratamente. En primer lugar porque Duchovny tiene una manera de escribir muy adictiva. Tiene swing. Tiene flow. Todo avanza con gran agilidad, y la historia engancha. Vale, no es una fábula de Samaniego, pero es que su encanto radica principalmente en ello. Porque en Holy Cow se nos presentan tres animales con atributos, y pensamientos, casi humanos. Por eso, tal vez, todo queda aligerado, como si la novela estuviese espolvoreada con una leve capa de polvo naif, cuando Duchovny pone en boca de sus protagonistas críticas salvajes a la sociedad del consumismo, a la alimentación y también, cómo no, a la religión. Y todo con una acidez hilarante. Como cuando Shalom (el cerdo) decide que, para integrarse perfectamente en el judaísmo, ha de realizarse la circuncisión y luego se pega medio libro con un pañal después de la intervención quirúrgica.

Personalmente, Holy Cow me sorprendió porque me parece un libro muy divertido. También es cierto que todos los libros, sobre todo para quienes, como yo, leemos mucho, tienen su momento. Y hay veces que un libro te parece bueno porque cae en el momento justo. Me explico: si te acabas de leer La insoportable levedad del ser, de Kundera, Holy Cow (o incluso el prospecto del paracetamol) te parecerá la mejor novela jamás escrita, porque será como un verdadero soplo de aire fresco en la cara. Si, por el contrario, acabas de cerrar Sin noticias de Gurb, por ejemplo, pues posiblemente, aun reconociendo que es una obra entretenida, no te dirá demasiado. En mi caso particular, leí Holy Cow después de cerrar “La tierra que pisamos”, de Jesús Carrasco (a la cual dediqué una extensa entrada en este blog), y la obra de Duchovny se me antojó perfecta para el momento. Después de la densidad de la impresionante obra de Carrasco, parecía que el cuerpo me pedía algo ligerito, y lo encontré en Holy Cow.

Hasta aquí lo bueno. Y ahora, lo malo. Porque a mí este blog me sirve para esto. No tanto para despacharme contra los libros sino para hablar con franqueza de ellos. Tanto de lo bueno como de lo malo. Y es que, como cantara Joaquín Sabina, como te digo una co, te digo la o.

Y Holy Cow, creo, tiene un defecto importante. El defecto clásico, el defecto típico, el sempiterno defecto del escritor novel: el ritmo. Hay escritores velocistas, que empiezan fuerte y acaban fuerte, escritores de medio fondo, que empiezan flojito y acaban a tope, y escritores liebre, que empiezan fuerte y se funden a media carrera. Y esto último, a mi juicio, es lo que le pasa a Duchovny. El libro empieza genial, con ritmo, con conversaciones dinámicas, con un argumento que te tiene atrapadísimo; sigue de manera espectacular, con la incorporación a la trama del cerdo y el pavo, con la narración de su viaje, con sus aventuras y desventuras, con el encuentro con el lobo, con el camello, con el tema de la circuncisión, con el pavo frustrado por no poder volar pero hallando la plenitud –y la felicidad- aviar en el pilotaje de aviones… pero de repente, cuando todo va genial, zas, Duchovny hace que sus personajes lleguen al muro de las lamentaciones y parece que se le acaba la chispa, el argumento, la capacidad de enredar la tramoya o todo lo anterior a la vez. Se mete en realizar unas disquisiciones bastante ligeras sobre religión y política (quizás de manera buscada; tampoco se le puede pedir a una obra de humor, y sobre todo a una vaca, a un pavo y a un cerdo que den una masterclass de geopolítica) y zanja la historia a toda velocidad, empujándola a un final que se antoja demasiado forzado, y dejándote con un regusto un tanto agridulce, como diciendo “este final (muy previsible, por otra parte), desmerece al resto de la narración; se lo podía haber currado un poco más”.

Os lo diré de otra manera, para que me entendáis: ¿visteis la serie “Lost”? Pues eso.

Pero ojo, no os quedéis con este último párrafo. Ésa es mi opinión personal como lector de lo que, entiendo, es mejorable. Lo concerniente al ritmo. Quedaos, en cambio, con esta otra afirmación: Holy Cow es una obra que recomiendo. Porque os hará pasar un buen rato y porque es muy divertida.

Así que ya sabéis. Holy Cow, editorial Stella Maris.  Que hay vida más allá de las fábulas de Samaniego.

Salud y cultura, amigos.