«Falcó», otro imprescindible más de la fábrica Pérez-Reverte

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Lo reconozco. Con Pérez-Reverte me sucede lo mismo que con James Bond o con Garry Kasparov.  Siempre vivo a la espera de su próxima novela, al igual que siempre vivo a la espera de una nueva entrega fílmica del inmortal espía creado por Ian Fleming, del que soy ferviente seguidor, o de la siguiente vez que pueda ver al posiblemente mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos, al ogro de Bakú, moviendo los trebejos con esa genialidad de la que sigue haciendo gala a pesar de llevar ya mucho tiempo oficialmente retirado de las competiciones.

Y con Pérez-Reverte me sucede esto por tres razones de lo más variopintas. En primer lugar, porque el escritor cartagenero, y al igual que un servidor, es periodista, así que cuenta con esa simpatía de gremio, con esa camaradería, por decirlo de alguna manera, con la que los periodistas –en el sano ejercicio de nuestra profesión y más allá de inquinas, enemistades, envidias o rencillas personales- solemos tratar a los iguales. En segundo lugar, porque es catedrático de la RAE. Y teniendo en cuenta que el periodismo es un oficio en el que el lenguaje es la principal herramienta de trabajo y servidor trata de ser lo más correcto posible en su uso, agradezco sobremanera leer textos como los suyos, donde cada cosa está en su sitio y donde no hay errores. Y, en tercer lugar, porque, literariamente hablando, nunca deja de asombrarme. Porque sus ficciones viajan por lugares y épocas muy dispares, pero lo hacen siempre con la vitola de la correcta adecuación del lenguaje a los tiempos y los lugares amén de con un más que evidente y minucioso trabajo de documentación previo.

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Así las cosas, hoy voy a disertar sobre Falcó (editorial Alfaguara, 2016), la última incursión literaria de Pérez-Reverte, de quien, por conocido y reconocido, me limitaré a presentar en apretadísimo resumen (por si acaso hubiera alguien que, en un alarde de ignorancia, no supiera quién es, aunque dudo que alguien de esta guisa esté leyendo un blog como el mío) como periodista, ex reportero de guerra, catedrático de la RAE, articulista y novelista prolífico autor de títulos tan esenciales en cualquier librería como son toda la saga del Capitán Alatriste, Territorio Comanche, La Tabla de Flandes o La reina del sur, entre otros. Ahí es nada.

Sigo. Y me centro en lo que nos ocupa. En Falcó.

Como punto de partida, una digresión: si tuviese que ponerle un título con pegada a esta entrada de blog podría ser algo así como “Falcó, o como devorar una novela de 300 páginas sin darte cuenta”. Y es que Falcó engancha. Mucho. Desde la primera página. Hasta la última. Y lo hace gracias a una más que adictiva trama salpimentada con todo un elenco de personajes magistralmente descritos tanto desde el punto de vista físico como psicológico y que se mueven grácilmente a través del relato, como bailando un vals cadencioso, yendo y viniendo, acompañando a su protagonista (Lorenzo Falcó) a través del relato, a través de la historia. Termino esta digresión: todo esto viene a cuento de cierto artículo que leí hace tiempo de Francisco Umbral, quien le metió el dedo en el ojo a Pérez-Reverte diciendo algo así como que no entendía cómo vendía tanto si, a fin de cuentas, no dejaba de ser un escritor de segunda división desde el punto de vista del estilo. Y cojones (con perdón), creo que el estilo de Pérez-Reverte es de lo mejor que hay actualmente en las letras españolas. De hecho, y poniendo como ejemplo a escritores vivos, creo que Mendoza, De Prada, Marías, y el propio Pérez-Reverte están arriba. A otro nivel. Que trascenderán en transitivo. Su época, digo. Y luego ya los demás. Que también los hay excelentes, ojo, no se me enfade nadie. Que, en cuestión de estilo, y ya lo dije en este mismo blog no muchas entradas atrás, Jesús Carrasco, por ejemplo, me parece sublime. Pero le falta trayectoria para poder juzgar con el prisma del tiempo como atalaya si es capaz de continuar por esa senda, de mantener ese nivel. Cosa que, en el caso de Reverte, está fuera de toda duda. Que lleva ya muchos años en esto.

Vuelvo a Falcó.

Novedosa desde el punto de vista del argumento, Falcó, ambientada en plena Guerra Civil Española, narra la historia de Lorenzo Falcó, un hombre hecho a sí mismo, un extraficante que se vende al mejor postor como espía y que trabaja para los servicios de información, que recibe el encargo de llevar a cabo, ayudado por un reducido grupo de falangistas y con la colaboración de los alemanes, una peligrosa misión: liberar a José Antonio Primo de Rivera, encarcelado en la prisión de Alicante, que es zona republicana.

Técnicamente hablando, Falcó no es una novela sobre la Guerra Civil Española. Simplemente, Reverte ubica la acción allí, en ese marco, en la turbulenta España de la contienda civil, una guerra de la que Falcó, un mercenario al mejor postor, solo extrae una conclusión: que es mala para todos salvo para él. Así, Reverte dibuja un personaje canalla, apocado cuando ha de serlo delante de su superior, el Almirante, pero echado para adelante cuando la situación lo requiere, parco en palabras pero de pensamiento extremadamente ágil, mujeriego y, sobre todas las cosas, amoral. Sí, amoral, porque Falcó no se pregunta en ningún momento qué es lo que está bien o lo que está mal. Simplemente actúa siguiendo órdenes y, en todo caso, cuando lo hace por iniciativa propia, lo hace teniendo a su propio interés y conveniencia como únicos motores. En cierto modo, Falcó me recuerda bastante al Joe (Clint Eastwood) del filme Por un puñado de dólares, quien se aloja en un hotel en San Miguel, un pueblo en el que hay dos familias enfrentadas, los Rojo y los Baxter, y se dedica a obtener beneficio de unos y otros según se presentan las circunstancias. Es un cabrón con pintas, podría decirse, pero cae simpático. Como Falcó.

Lo bueno de la novela es que Reverte consigue que el lector se meta en la historia y lo haga siendo capaz de, más allá del telón de fondo que supone la Guerra Civil, olvidar por un momento la propia Guerra Civil, ésa que en este país hace que cualquier texto que verse, se ambiente o pase de puntillas sobre ella sea estudiado bajo la lupa del partidismo, advirtiendo aquí y allá simpatías o fobias hacia éste o aquel bando. Y en este sentido Falcó saca sobresaliente. Porque esa amoralidad de la que hace gala su protagonista sirve para que republicanos y falangistas acaben por resultar meras piezas, todas iguales, en un tablero de ajedrez que es la narración. Reverte no pone en boca de Lorenzo Falcó simpatía por uno u otro bando, ni tampoco ni una sola de las líneas de la novela destila cercanía o animadversión hacia falangistas o republicanos. Simplemente, ambos bandos acaban por resultar atrezzo para adornar la historia que se narra.  Porque para Falcó tan malos, o tan buenos, son los unos como los otros. Depende de quién le pague, por supuesto.

La historia, como ya dije antes, es muy adictiva, algo que me gustaría poner de relieve por una sencilla razón, y es que, acostumbrados como estamos a vivir en un mundo de espionaje cibernético, campañas contra el tabaquismo, asesinatos a golpe de click de ratón y vehículos potentes, con Falcó regresamos a lo vintage, a los años treinta del siglo pasado, a las gabardinas, a los sombreros, a los cigarros Players. Y a un rústico silenciador de pistola como prodigio de la técnica.

Me recuerda, por tanto, este Falcó (salvando las distancias de la época de ambientación) a los primeros James Bond cinematográficos de Sean Connery, a, por ejemplo, Desde Rusia con amor, donde el internacional espía (otro amoral; un asesino a sueldo del MI6 mujeriego, canalla e irresistiblemente empático) dejaba tras de sí un innegable halo de magnetismo gracias a su porte, su educación, su saber estar, su manera de trasegar martinis con vodka agitados pero no revueltos, su forma de fumar y, sobre todo, su saber desenvolverse en la cosa de matar.

Oiga, me podría preguntar algún lector, ¿me está usted comparando a Lorenzo Falcó con James Bond, o por lo menos con el primer James Bond? Pues por qué no, podría responderle yo. En muchas cosas coinciden. Por ejemplo, a ambos le gustan las mujeres bonitas, el  tabaco, las armas, los relojes de calidad (Falcó consulta su hora en un Patek Philippe y James Bond, el original James Bond, lo hacía en un Rolex Submariner –ahora en un Omega; cosas de la publicidad-) y, sobre todo, ambos se ganan la vida tratando de no perderla.

Y ya que he nombrado las mujeres, me siento obligado a hacer una parada técnica en el papel que juegan en Falcó. Porque (y seguimos con las analogías con el espía de Ian Fleming), Lorenzo Falcó es un mujeriego pero, al igual que James Bond (sobre todo al igual que el último James Bond, el interpretado por Daniel Craig, en la película Casino Royale) encuentra en una mujer su talón de Aquiles. Su punto débil. En Casino Royale Bond se enamora de Vesper Lynd (Eva Green) hasta el punto de jugarse la vida por ella y buscar, luego, la venganza de su muerte; y en Falcó, su protagonista, un picaflor consumado, encuentra en Eva Rengel (una falangista que esconde más de un secreto) su descanso del guerrero hasta el punto de hacerle incurrir en riesgos que, de no ser por ella, su habitual pensamiento frío y calculador le hubiesen alejado de ellos.

Bueno, ya voy terminando. En resumen: ¿Recomiendo Falcó? Sí. Rotundamente sí.

Como también recomiendo que se haga un filme. El argumento da para ello. Lo pide a gritos. Eso sí, solo esperaría tres cosas si esto sucediera: la primera, que Pérez-Reverte estuviera encima de los guionistas y de la productora para que no se vuelva a repetir un despropósito como el acaecido con la versión televisiva de La Reina del Sur. En segundo lugar, que se introdujera la canción “De purísima y oro” de Joaquín Sabina como parte de su banda sonora. Y la tercera, que se eligiera bien el elenco de actores. Yo de Almirante veo a Juan Diego. No me digáis por qué. Y de Falcó… no lo sé. Tal vez José Coronado. Por el aire canalla y tal. Pero entre que se va por edad (Falcó tiene 37 años y Coronado 59) y que Coronado anunció un bífidus para el correcto  tránsito intestinal, pues como que no termina de convencerme la cosa.

Y, ahora sí que sí, concluyo: ¿Hay algo que no me guste de Falcó? Pues mire, de Falcó en líneas generales no, pero de mi Falcó, del que ahora descansa en mi estantería junto a otros volúmenes de Pérez-Reverte, sí. Y no es otra cosa que el hecho de que no lo tenga firmado.

Hasta la próxima entrega del blog.

Salud y cultura, amigos.

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