Génesis del miedo

miedo

Se despertó con una resaca formidable, desnudo sobre un macilento jergón, junto a una muchacha, también desnuda, a la que no conocía de nada.  Se incorporó con dificultad y permaneció, de espaldas a la joven, sentado de cara a un pequeño chifonier de madera que constituía el único adorno de una sórdida habitación que le resultaba, al igual que la chica,  completamente desconocida. Apoyados los codos en sus rodillas, hundió su rostro entre las manos y se frotó los ojos, tratando de mitigar el abotagamiento de su cabeza mientras buceaba en el recuerdo en busca de una explicación a su presencia en aquel lugar y con aquella compañía. Fue inútil. Mientras se ponía de pie, respiró profundamente y al instante advirtió en sus fosas nasales los efluvios densos del sexo que horadaban la pureza del aire, cargándolo de aromas de semen, de sudor y de flujo. Sentía la cabeza a punto de estallar, y, desconcertado, consultó su reloj. Las tres y media de la tarde.  Anoche había salido a tomar unas copas con sus amigos. De eso estaba seguro. Fueron, cuando la noche ya empezaba a perder su pulso con las luces del alba, a un after-hour. Aquello tuvo que ser, dedujo, a las siete, o tal vez las ocho, de la mañana. Por aquel entonces ya debía de estar bastante afectado por la gran ingesta de alcohol previa, pensó, puesto que en un momento dado su cerebro hacía un fundido a negro y era incapaz de recordar qué hizo, qué dijo o con quién habló. Aunque, a tenor de su presencia allí, en aquella habitación y con aquella chica, era evidente que había establecido algún tipo de acercamiento con ella. Muy despacio, se acercó a la ventana y subió levemente la persiana, lo suficiente como para que la estancia quedara iluminada por una tenue luz. Se giró y la observó con detenimiento. No era, de ninguna de las maneras, el tipo de mujer que encajaba en sus cánones de belleza. Era extremadamente pálida y delgada, tenía los pómulos algo hundidos y unas extrañas manchas salpicaban su piel, confiriéndole un aspecto enfermizo, casi repulsivo. En aquel instante, ella se despertó. Abrió lentamente los ojos, los clavó en él y se desperezó, procaz y desinhibida, abriendo mucho brazos y piernas mientras acompañaba este gesto con un sonoro y pequeñísimo bostezo, como si le faltase el aire, como si sus pulmones no fueran capaces de albergar más oxígeno  que el que a todas luces necesitaba.

¿Quieres empezar bien la mañana, guapo?, fueron sus primeras palabras una vez hubo terminado de estirarse. Esta vez te haré precio especial. Por la mitad. Y nos lo volvemos a montar a pelo. Como ayer me dijiste que te gusta.

En ese instante, él comprendió cuál era la pieza del recuerdo que no había sido capaz de hallar para engarzar en el puzle de la noche anterior: Se había acostado con una prostituta y no había tomado ningún tipo de precaución.

Y, justo entonces, algo nuevo, visceral y omnímodo nació en su interior.

El miedo.