Recordar tu infancia podrás…

cenanochebuena

“Oh Blanca Navidad, nieve…
un blanco sueño y un cantar…
Recordar tu infancia podrás (…)”

Un fundido a negro cercenó de raíz la interpretación del villancico a cargo de aquel coro escolar. Nunca, en Nochebuena, le gustó cenar con la televisión encendida.  Era, había defendido siempre, una noche de estar en familia, de hablar, de compartir vivencias y, también, cómo no,  de recordar a los que ya no estaban.

Echó un vistazo a la mesa y sintió cómo algo se le removía por dentro. Aquella era la primera Navidad en la que se habían reunido todos: su mujer, sus padres y, aquel año también (quién se lo iba a decir), su hijo y su mujer.  No faltaba nadie. En un momento dado, se ausentó del salón y se fue a la cocina, donde había comenzado a sonar el estridente beep-beep del microondas que le avisaba de que la sopa ya estaba caliente. Ahora vuelvo, dijo en voz alta mientras reprimía las ganas de llorar.

Ya en la cocina, extrajo el plato de sopa del microondas, cogió un trozo de pan, una naranja y unos cubiertos, depositó todo en una bandeja y volvió sobre sus pasos hacia el salón, dispuesto a pasar la Nochebuena más amarga de su vida con aquellas cinco sillas vacías, con aquellos cinco platos, vasos y cubiertos huérfanos de comensal, con aquellos cinco espacios de recuerdos de quienes se marcharon;  con sus padres, que se fueron siguiendo el orden lógico de la longevidad, de la ley de vida. Con su mujer, desgraciadamente agraciada con la lacerante lotería de la enfermedad; y con su hijo y su mujer, a quienes un accidente de tráfico apartó de su lado el pasado mes de julio.

Luego, sin más compañía que la del silencio, y mientras cenaba, no pudo evitar acordarse de aquellas Navidades pasadas en las que todo era entrañable y en las que cualquier tipo de celebración rezumaba alegría y felicidad. Y, justo en ese instante, comprendió la melancolía y hasta la desazón que alguna vez invadiera a sus padres al llegar la Navidad.

Se acordó de la estrofa inicial de aquel villancico televisado, y en su rostro se dibujó un gesto amargo.

Afuera, en la calle, no nevaba.

Nunca jamás la Navidad volvería a ser dulce.

Y el recuerdo de su infancia, de su niñez, era lo único amable que le quedaría de la Navidad el resto de su vida.

 

 

*Imagen de la entrada extraída de http://www.levante-emv.com