Vila y Chamorro vuelven a la acción «Donde los escorpiones»

Lorenzo Silva, spanish writer.Madrid September 2007

Arranco el año literario de este blog con la reseña de Donde los escorpiones (Ediciones Destino –Grupo Planeta, 2016), la última incursión detectivesca del subteniente Bevilacqua, el más famoso hijo literario del conocido, reconocido y prolífico autor Lorenzo Silva, autor de, entre otras obras, La flaqueza del bolchevique (1997. Finalista del premio Nadal), El alquimista impaciente (2000. Ganador del premio Nadal), o La marca del Meridiano (2012. Ganador del Premio Planeta).

portada-donde-los-escorpiones

Supone esta aventura de Vila (contracción de Bevilacqua) la novena trama resuelta por el veterano guardia civil, que en esta ocasión se desplaza a seis mil kilómetros de España para investigar un extraño asesinato cometido en la base española de Herat, en Afganistán, descrita al más puro estilo Wilkie Collins o Conan Doyle, es decir, no dejando nada al albur de la interpretación del imaginario común que todos tenemos de los tantas veces vistos en televisión desiertos afganos y bases militares, sino poniendo cada cosa en su sitio: la valla, el perímetro, los vehículos blindados, las torres de vigilancia, los pabellones, los barracones, etcétera. Acompañándote, como de la mano, por la base militar. Haciendo que veas con tus propios ojos lo que Silva quiere que veas, que es exactamente lo mismo que lo que ven Rubén Bevilacqua y su equipo.

Como bien sabréis quienes hayáis leído alguna de mis entradas de este blog,  no acostumbro a destripar en demasía el argumento, la acción o la trama, de las novelas que abordo, sino que me limito a reseñar otros aspectos que son donde, a mi juicio, radica la verdadera enjundia de las obras. De este modo, y partiendo de esa premisa, empezaré diciendo que Donde los escorpiones me parece una novela muy Silva, es decir, correctísima desde el punto de vista estilístico, perfecta desde el punto de vista de la documentación y de una lectura ágil y sumamente adictiva. Y es que estos aspectos son una constante a lo largo de toda la obra de Lorenzo Silva, puesto que se ve en el autor, ya desde sus primeras obras, un auténtico oficio de escritor, de alfarero de las palabras, de contador de historias que mima y elige concienzudamente cada término, cada sustantivo, cada verbo, cada adjetivo, cada adverbio; que hila meticulosamente cada frase, cada párrafo; que da redondez a cada capítulo; que, en definitiva, tiene todo muy bien atado y no deja cabos sueltos. Lo cual, dicho sea todo de paso, dice mucho del talento literario de Silva, porque liquidar con tal destreza y nivel de ejecución 352 páginas en, según se detalla al final de la novela, tan solo siete meses, es realmente asombroso amén de digno de elogio.

Uno de los detalles que más gratamente me ha sorprendido de este libro es que en él se advierte la evolución no solo de Silva como escritor (más templado, más meticuloso, dotando a la novela de una cada vez mayor presencia de descripciones psicológicas -a lo Henry James, para que me entienda el lector que haya leído a Henry James, claro- de los personajes) sino, también, de Vila como protagonista. Porque, con el paso de los años, Vila también ha ido evolucionando, se ha ido haciendo mayor, ya tiene colocados más de cincuenta tacos en el almanaque, y el personaje se presenta fruto de esta coyuntura, más envejecido, más entrado en carnes, pero con ese plus de sagacidad, y de capacidad de reflexión, que solo le confiere a uno el paso de los años, la experiencia. ¿Y cómo consigue mostrar Silva este “nuevo” rostro de Vila? Pues llevando la acción a Afganistán, desplazándose del asfalto patrio a una base militar en medio de un desierto donde las inclemencias meteorológicas hacen que Vila sobrelleve, como buenamente puede, los efectos secundarios de la edad. Sea como fuere, salvado este detalle, en Afganistán volvemos a encontrarnos con el Vila de siempre: astuto, inteligente, resolutivo (y resuelto), valores todos ellos fundamentales para una misión donde el plano físico está siempre en un segundo plano.

Sigo.

Desde el punto de vista  de la narración, la obra arranca en Madrid, pasa con brevedad por Andalucía (donde Silva instala uno de los párrafos más bonitos pero duros que he leído en mucho tiempo y que detallaré más adelante), se traslada con todo el grueso de la acción a Afganistán y termina por volver a Madrid. ¿Y qué hace Vila –con su, cómo no, inseparable pareja de aventuras y desventuras Chamorro– en Afganistán? Pues, básicamente, resolver el misterioso asesinato de un militar español degollado en una de las estancias de la base con una herramienta de uso agrícola entre los afganos (amén de un souvenir para los turistas): una pequeña hoz plegable que sirve para cortar amapolas.

A partir de su presencia en la base de Herat, Vila, Virginia Chamorro y dos guardias más que les acompañan en su periplo investigador, tendrán que ahondar en la figura del asesinado así como abrir distintas líneas de investigación para depurar, poco a poco, responsabilidades, ya que el abanico de posibles asesinos es relativamente amplio al tener el asesinado un carácter, y un perfil militar, bastante peculiar (mujeriego, inmerso en un lacerante proceso de divorcio y algo problemático en su trato con algunos compañeros con los que compartió misiones anteriores).  Poco a poco, Silva va dibujando un escenario donde cualquiera puede ser culpable pero donde, como siempre sucede, sólo uno es el responsable último del crimen. Y la narración es tan adictiva que uno no puede dejar de devorar un capítulo tras otro para saber quién fue el que acabó con la vida del militar.

Y aquí, justo en este momento de esta reseña, es donde vuelvo al asunto de la extensa y correctísima documentación llevada a cabo por Lorenzo Silva en el abordaje de la obra. Me explico; puede parecer algo obvio, pero procede decirlo: Escribir una novela no es fácil.  Y no lo es porque requiere de una enorme capacidad de cosmovisión, de saber estructurar hacia dónde va a dirigirse la trama para que luego, en algún punto de la narración, todo confluya y adquiera sentido, pero si a eso le sumamos que, como es este caso, en ella se aborda el tema militar (un mundo en sí mismo, con sus graduaciones, sus respectivos modus operandi –en la base coinciden con soldados italianos y americanos, cada uno con sus respectivos códigos de conducta y de actuación-, sus relaciones, etcétera), es evidente que el esfuerzo que ha de realizarse para llevar la obra a buen puerto y que no haga aguas por algún lado es monumental. Y Silva tiene un don para moverse como pez en el agua por este tipo de procelosos mares. Un don trabajado, por supuesto. Un don llamado capacidad analítica y de documentación. Un don llamado, también, amor por la exactitud y por el rigor. No será para tanto, podrá decir algún lector que haya llegado hasta este punto de esta reseña. Pues sí que lo es. Y es que Silva, ojo al dato, fue nombrado, en noviembre de 2010, Guardia Civil honorario por su contribución a la imagen del Cuerpo. Y créanme: si la Benemérita le honró con tal distinción es porque, además de dibujar un personaje literario lleno de bondades y valores que todo guardia civil debería atesorar en la praxis de su ejercicio profesional, lo ha hecho con el rigor como punto de partida para saber, a fin de cuentas, de qué está hablando. Porque el de la Guardia Civil, su organización, competencias y ámbitos de actuación, es un microcosmos en sí mismo.

Puede que alguien, a estas alturas, me pregunte, no sin cierta malicia, si hay algo malo en la novela. Si tiene, o si al menos yo le veo, algún defecto. Y la respuesta a tal pregunta sería «no pero sí». Y es que, de tan técnicamente perfecta que es, en ocasiones me resulta algo «fría», tanto que, en su viaje a la esencia, poda acciones que se imaginan pero no se describen,  algo que a veces se me antoja como un acierto pero en otras no, ya que a veces  echo de menos que exprima ese talento literario que tiene y ahonde en la descripción de esos motores de la conducta humana como lo son, por ejemplo, la pasión o la ira. Y es que Silva, en ocasiones, pasa por encima de ellos, o de soslayo, y no los desgrana. No los tritura y los deja a nuestra merced para saciar nuestra curiosidad lectora. Simplemente los deja entrever y los liquida con frases en las que con una buscada ambigüedad busca llenar ese hueco de curiosidad que, sin embargo, acaba por permanecer. ¿Queréis un ejemplo? Aquí tenéis uno: Vila acaba de visitar a Carolina para decirle que se va a Afganistán, y está a punto de despedirse de ella cuando, de repente…

(Pág. 92. sic.)

«-Te estoy hablando de otra cosa.

-De qué.

-Creo que es mejor que te lo haga entender sin palabras.

No me opuse. Pese a todo, soy guardia civil y, desde la academia me han enseñado a respetar el criterio de la autoridad judicial».

Sí, a esto me refiero. Esa ironía, esa acidez, brilla por sí misma, y está muy bien lograda. Todos sabemos qué pasó. O al menos nos lo imaginamos. Pero a veces, como lector, echamos de menos leer no una metáfora sino la respuesta a las 5W que vertebran el periodismo, a saber, what, when, why, where y how. Tal vez no todo con pelos y señales, pero sí al menos no todo con simples señales.

Bueno, sea como fuere (ésta es mi opinión, una cuestión sobre gustos puramente subjetiva que indudablemente a otro lector podría parecerle una memez), el caso es que hasta de este anecdótico «pero» se repone Silva con maestría. ¿Cómo? Pues manufacturando otros párrafos para quitarse el sombrero que hacen que uno se olvide de esas otras nimiedades. Poniendo, por ejemplo, y en boca de Vila, reflexiones como puñaladas de realidad, como látigos que se transforman en palabras y restallan con furia en el lector, consiguiendo remover algo en su interior y hasta, en ocasiones, haciendo zozobrar su conciencia. Ya en su día, en mi perfil de twitter, quise destacar una de estas reflexiones que me causó honda impresión conforme avanzaba en la lectura del libro. Y ahora, a colación de esto, vuelvo a traerla aquí para que quien me esté leyendo entienda a qué me estoy refiriendo:

(Pág. 60. sic.)

«A eso de la medianoche los dejamos allí, en su casita acariciada por la brisa de la bahía. Mientras Chamorro ponía el coche en movimiento, miré cómo quedaban atrás, en esa soledad desvalida que algún día es la de todos los que somos padres, cuando comprendemos que no estaremos para amparar frente a todo mal a nuestros hijos y que hemos de confiar en otros que tal vez no puedan, no quieran, no sepan».

A esto me refiero. Bang. Un disparo a quemarropa que hace que se tambaleen tus cimientos. Una verdad, una realidad (yo, que soy padre, jamás me había parado a pensar en algo así, y he de reconocer que este párrafo me tocó la fibra), expresada con una avilantez tan bella como melancólica. Pero que, también, da miedo. Pues como éste, muchos ejemplos más a lo largo de sus páginas, que alternan acción, reflexiones rayanas con la prosa poética y diálogos que, al término de la obra, acaban por resultar perfectamente equilibrados.

Voy concluyendo. Silva es, a día de hoy, y a mi juicio, el mayor y mejor exponente de novela negra de nuestro país, digno heredero del malogrado Vázquez Montalbán y su inmortal Carvalho. Y lo es hasta el punto de que, al igual que le sucediera a aquél, son muchos los lectores que esperan, como agua de mayo, la siguiente incursión de sus hijos literarios. Yo soy uno de ésos. Un enamorado de las sagas, o por lo menos de las buenas sagas. Como la protagonizada por Vila. De ésas en las que sus protagonistas tienen, una novela tras otra, algo nuevo que contar. Me sucedió con Ian Fleming y su James Bond; por supuestísimo con Conan Doyle y su Sherlock Holmes; también, cómo no, con Vázquez Montalbán y su Carvalho; y con autores vivos me sucede con Silva y su Vila, con Juan Bolea y su Martina De Santo o con  Petros Markaris y su inspector Kostas Jaritos. La ventaja que tengo con estos últimos autores es que ellos, eso espero, seguirán dándonos de leer a los que queremos seguir dándonos el gusto de leer. Y todo ello con la ventaja añadida que supone el hecho de que, a cada novela, cada escritor va depurando cada vez más su estilo, su prosa, y en el caso concreto de Silva, que tanto él como su hijo literario son todavía jóvenes. Que cincuenta años no son nada. Claro que en la Guardia Civil, en caso de pasar a la reserva, a Vila no le quedarín demasiados años de servicio en activo. Pero qué maravillosa es la literatura. Silva siempre podría hacerle vivir nuevas aventuras pasadas, como hizo Conan Doyle con los relatos de Sherlock Holmes. O meter a su hijo en la Benemérita y que la saga de Vila-padre tenga su eco, y su continuación, con Vila-hijo (que, por otra parte, no sería nada descabellado teniendo en cuenta que en Donde los escorpiones el hijo de Vila deja caer a su padre que se está planteando ser Guardia Civil).

Quién sabe. Esto último es una elucubración, pero eso es lo maravilloso de la literatura. Que puedes dejar volar la imaginación y todo es posible. Supongo que el tiempo, y sobre todo Lorenzo Silva, nos lo aclararán.

Y termino ya. Con un defecto. Éste sí. Porque lo es. Gordísimo.

Lo suelto: el mismo que Falcó, de Pérez-Reverte.

Sí, lo habéis adivinado: que no lo tengo firmado. Hay que joderse.

Salud y cultura, amigos.

Fuente de la imagen de cabecera: http://www.lorenzo-silva.com