«El extraño verano de Tom Harvey», la última (y genial) filigrana noir de Mikel Santiago

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El 7 de septiembre publicaba en mi blog una de sus primeras entradas, dedicada a El mal camino (Ediciones B), el anterior trabajo de Mikel Santiago, una novela que me causó una gratísima impresión por cuanto destilaba una frescura que me fascinó. Era Mikel Santiago para mí un autor desconocido hasta entonces, y por eso afronté la lectura a pecho descubierto, sin prejuicios, sin condicionantes, o por lo menos sin más condicionantes que el caleidoscopio de elogios que, a través de las redes sociales, le brindaban a la obra, algo que, por lo menos en mi caso, no me da (ni me dio en su día) ninguna garantía de nada; siempre he dicho que el boca a boca me parece un buen sistema de promoción de obras, de poner en valor los trabajos de los autores, pero también, en muchos casos, tiene un lado oscuro, y es que también es un ventilador desproporcionado que puede no ajustarse a la realidad. Basta con que un autor tenga varios cientos de seguidores en Twitter, o en Facebook, o donde sea, para que una obra, por mediocre que sea, tenga una propaganda desmedida por parte de esa sociedad de bombos mutuos y, gracias a ello, reciba una serie de halagos completamente injustificados desde el punto de vista objetivo y llegue a convertirse en best-seller.

Así las cosas, vuelvo sobre el asunto, leí El mal camino al más puro estilo tábula-rasa-cerebral. Que sea lo que Dios quiera. Y cuando comencé a leerlo y vi que no podía parar, y cuando luego seguí leyéndolo y me cisqué en todo veinte veces porque el día tiene las horas que tiene un día y porque dormir menos de cinco horas se me hacía incompatible con el desarrollo de una vida diurna normal, solo entonces me di cuenta de que Santiago, que no el libro, tenía algo. Porque vale, la historia era muy buena, pero ahí es donde el autor tenía algo que decir. Que aportarle ese plus, o esa impronta, de la que otras obras carecen. Que una historia sensacional en manos de un mal narrador se malogra, pero que una buena historia en manos de un escritor con punch, de ésos que sabe mantener el ritmo y la tensión durante cien, doscientas o trescientas páginas, gana barbaridad. Y coño, Santiago tiene ese don.

Recuerdo que terminé de leer aquel libro y me prometí a mí mismo acudir presto a hacerme con su ópera prima, La última noche en Tremore Beach, pero, no me digáis bien por qué (probablemente porque me enfrascase en la lectura de otras obras, que lo mío con la lectura es un no parar) el caso es que se me pasó. Hasta hace nada. Concretamente hasta que entré en una librería dispuesto a nutrir de nuevos volúmenes mi ya atestada estantería y topé con lo último del autor vasco: El extraño verano de Tom Harvey (Ediciones B).

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Y reconozco que ni miré de qué iba. De qué trataba. Miré la portada (que es lo único que no me parece que destaque especialmente al libro; me resulta un poco anodina), vi que lo escribía Santiago y me lo compré. Sota, caballo y rey. Y, en cuanto zanjé las lecturas que me mantenían ocupado (me he metido entre pecho y espalda todo Sherlock Holmes, novelas y relatos, pero no reseñaré nada al respecto porque ya hay ríos de tinta escritos sobre novela victoriana y miles de blogs que analizan de forma exhaustiva la compleja obra detectivesca de Conan Doyle), cogí la obra de Santiago con ganas. Y, al igual que me sucediera con El mal camino, no me defraudó. Al revés, me encantó.

Al lío. Santiago escribe bien. Escribe muy bien. Sobre todo los diálogos. Muy fluidos, muy ágiles, muy creíbles. Y, en el aspecto narrativo puro y duro, nada de circunloquios, nada de palabras extrañas, nada de artificios, nada de forraje para llenar páginas y darle peso al libro. No. Son casi 500 páginas, que se dice pronto, pero no sobra ni una. Y el tío (si me está leyendo espero que me perdone la licencia de referirme a él en estos términos) escribe como peleaba Mike Tyson. Nada de dar vueltas por el cuadrilátero como Floyd Mayweather, saltito, saltito, golpe, saltito, golpe, saltito. No. Lo dicho. Como Tyson. Toque de campana, al centro del ring y estacazo, estacazo y estacazo. Así es el libro. En cada párrafo, en cada capítulo, van lloviendo los golpes. Los de efecto, los que mantienen la tensión, los que te extrañan, los que te dejan boquiabierto. Pim, pam, pum. Sí, así es El extraño verano de Tom Harvey, una novela negra, un thriller literario, una road movie hecha texto, un Cluedo de papel por el que desfila todo un elenco de personajes, a cada cual más peculiar, más sospechoso, más misterioso, con los que tiene que lidiar el protagonista, Tom Harvey, un hombre que, de haber cogido el teléfono antes de que la palmara Bob Ardlan, probablemente no hubiese vivido el verano más jodidamente extraño de su vida.

Vale, bien. ¿Y de qué va la obra? Pues, en apretadísimo resumen, va de un fulano cercano a los cuarenta, Tom Harvey, guía turístico y músico de jazz, que un buen día (una mala noche, en realidad) recibe una llamada telefónica de su ex suegro, Bob Ardlan, un artista conocidísimo que es autor de una serie de pinturas de incalculable valor, Las columnas del hambre, unos lienzos que, además, tienen tras de sí una historia truculenta. El caso es que Harvey no llega a coger el teléfono. Y, lo que son las cosas, Bob Ardlan muere un rato después, cayendo al vacío desde un balcón de su mansión de Tremonte, en Italia. Así que Harvey, que estaba en Roma, se dirige allí para visitar a su ex mujer, Elena, y asistir al funeral de su ex suegro, del que pronto sospechará que no murió de manera accidental sino que fue asesinado.

Y ahí empiezan a sucederse mil y una situaciones gracias a -también- mil y un personajes fantásticos (su ex mujer, Elena, de la que Bob sigue enamorado hasta las trancas; una escritora en horas bajas; un marchante de arte que estaba a punto de ser despedido; Nick Aldrey, el dueño del Mandrake -un bar donde el difunto solía acudir-; un director de cine que esconde una personalidad bastante turbia; su novia, una mujer cañón-florero que cobra un papel cada vez más importante conforme avanza la trama; Carmela, una muchacha fallecida en extrañas circunstancias y que actúa como el pegamento entre los personajes… y así un largo etcétera de personajes -no he nombrado a todos; de hecho hay muchos muy importantes que no están aquí reflejados-) que conforman una colmena humana de lo más fascinante. Una colmena donde hay amor, humor, misterio, intereses, crímenes, violencia y sorpresas. Muchas sorpresas.

Porque, otra de las características de Santiago-Tyson es que el tío tira y afloja, te dice A y luego es B, pero tampoco te creas a pies juntillas que es B porque lo mismo es C, o ni eso, que es A. Así que te mantiene en tensión las casi 500 páginas de ovillo que es el libro hasta que, al final, empieza a tirar del hilo y desata sus nudos, resolviendo todos los misterios que van surgiendo por el camino. Y ahí es donde se advierte la grandeza de Santiago como narrador; porque no deja un cabo suelto. Porque todo, al final, acaba por estar en su sitio. Bien explicado, bien detallado, bien justificado. Todo responde a algo. Todo tiene su razón de ser.

Sí, como me sucediera con El mal camino, El extraño verano de Tom Harvey me ha gustado mucho. Muchísimo. Porque, al igual que su obra anterior, es muy adictiva. Te mantiene en tensión. Y eso, en el noir, es fundamental. Santiago no hace aguas a lo largo del relato, y ahí es donde se advierte su oficio de escritor.

Voy terminando. Me declaro un ferviente seguidor del género negro en la literatura. No me importa la época en la que se ambiente, o el prisma desde el cual se enfoque la novela. También me da igual que sean obras sesudas, más introspectivas y, por ende, más lentas en su desarrollo (p.e.,Crematorio, En la orilla, de Chirbes), que rayanas con el terror psicológico (p.e., Subsuelo, de Luján), y también me da igual su temática, desde corrupción a crímenes pasionales. Lo que de verdad me llama la atención de los libros son las historias, pero las historias bien contadas. Y ésta es una muy buena historia y está muy bien contada.

Santiago vuelve a colarse en mi estantería de casa y lo ha hecho por la puerta grande. ¿La recomiendo? Joder, vuelve a leerte todo lo anterior. Pues claro que sí. ¿Hay algo que no me haya gustado? Bueno, tal vez la portada, que ya he mencionado anteriormente que, en mi humilde opinión, creo que es demasiado plana. Pero eso no deja de ser algo anecdótico. Secundario. Sobre todo si tenemos en cuenta que mucha de la morralla que abunda por ahí (no diré nombres de autores ni editoriales de autoedición -emoticono de guiño, emoticono de guiño-) tiene unas portadas espectaculares, con unos dibujos y unas ilustraciones que, ateniéndonos a ello, parecería que vamos a leer a la reencarnación de Cervantes con transfusión de sangre de Delibes, Doyle, Houellebecq y Dan Brown) y no un mojón con todas las letras.

Y termino. ¿Y tiene algo malo El extraño verano de Tom Harvey? Pues oye, sí. Lo mismo que Falcó, de Pérez Reverte. Que no la tengo firmada.

Lo dicho.

Que si no sabéis qué leer este verano, no sé a qué estáis esperando para ir a comprarla.