«Patria», de Fernando Aramburu: formidable (y catárquica) novela

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Hoy os voy a hablar de Patria (editorial Tusquets, 2016, premio de la Crítica 2016), la última novela de Fernando Aramburu, una obra cuya lectura ha provocado que se me moviera algo por dentro, que ha sacudido los posos de mi infancia y me ha hecho recordar situaciones, rostros y momentos que, desde hace ya bastantes años, vivían soterrados en mi memoria. Leer Patria ha sido, para mí, más que una lectura, una relectura, una revisión de mi propia vida, y por eso me ha dolido tanto. Es una obra impresionante, es una novela que trascenderá, es una obra que, no tengo ni la menor duda, será catalogada como una de las mejores de la narrativa española del siglo XXI. Porque lo tiene todo:  un lenguaje cuidado y muy realista, un destilado de humanidad que abruma, una historia que atrapa, unos personajes magistralmente descritos (uno cierra los ojos y puede, más que imaginarlos, casi verlos) y un escenario que basta con echar la vista atrás en el tiempo y recordar los años duros de ETA, la década de los ochenta, para ver que es real, muy real.

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Y así, con todos estos ingredientes, Fernando Aramburu ha fraguado una obra sensacional. Siempre he defendido que la buena literatura, la realmente buena de verdad, es aquella que, una vez cerrado el libro, hace que algo eclosione en tu interior. Que te deja un poso, un regusto, da igual si dulce o amargo, y te hace pensar. Que te eriza el vello, que te duele, que te provoca un escalofrío, que te empuja a llorar. Lo que sea. Y esta obra, a mí, me ha provocado un poco de todo lo anterior. Y joder, nunca antes ningún libro me había provocado semejante torrente de sentimientos, de pensamientos.

Y digo esto porque, ironías de la vida, salseando aquí y allá en internet justo antes de la lectura de Patria y cuando todo el mundo elogiaba esta historia narrada por el autor vasco, me topé con un artículo de uno de mis autores favoritos, Arturo Pérez-Reverte, quien, allá por 2008, hablaba de Fernando Aramburu, concretamente de su obra Los peces de la amargura, en su columna de XL Semanal (enlace al final del artículo).

Y decía del libro lo siguiente:

(sic.) “…me lo zampé en una tarde, hasta la última página, tras haberme removido doscientas veces, conmovido e inquieto, en la butaca”.

Por eso, cuando terminé Patria, no pude sino acordarme de Pérez-Reverte y su comentario porque uno más uno es dos, y dos más uno es tres, matemática pura y dura, y cuando diferentes, muchas, muchísimas, personas, más o menos cultas, más o menos versadas en esto y aquello y más o menos separadas ideológicamente, empiezan a coincidir en que Aramburu es un tío capaz de remover conciencias, de conmover o de inquietar, es porque realmente lo es.  Y vaya si lo es.

En apretado resumen, Patria narra la vida y el devenir de dos matrimonios vascos antes amigos, casi hermanados se podría decir, y sus respectivos hijos y familias políticas luego de que el hijo de una de las familias (Joxe Mari, hijo de Joxian y Miren) se radicalice y entre a formar parte de un comando operativo del aparato militar de ETA que acaba con la vida del Txato, el marido de Bittori, el matrimonio que otrora fuera uña y carne con el conformado por Joxian y Miren. De este modo, las dudas, la ceguera por defender al hijo por más que sea un asesino por parte de la madre del terrorista, la tristeza silenciosa y silenciada de Joxian por la muerte del que fuera su mejor amigo, la incesante búsqueda de respuestas por parte de la viuda, los ideales políticos de unas y otras familias, el paso de los años, el duelo y el perdón (sobre todo el perdón) conforman un cóctel de casi 650 páginas en el que Aramburu, magistral alfarero, moldea una serie de personajes que hacen del libro un ejercicio de realismo sin parangón. Porque no todo en Patria es ETA y simplemente ETA. Porque en Patria también se dan cita las miserias del día a día del común de los mortales, los temores, las envidias, la culpa, la enfermedad, la negación de la evidencia, los golpes bajos. La freza entre la que nos movemos sin darnos cuenta y a pesar de la cual el mundo sigue avanzando. La freza como ese aceite del engranaje que es la vida.

Sí, ya lo he dicho, Patria no es solo una historia que tiene el mundo de ETA, y de las víctimas de ETA, como trasfondo, o como eje vertebrador.  Patria es una novela que pone en un momento y un lugar muy determinado el sentimiento de toda la población, sus filias y sus fobias, y quizás por lo que he comentado antes, por el singular nexo que mi persona tiene con esta historia, es por lo que las palabras como dardos certeros de Aramburu me han desmontado. Me han dolido. Pero, eso sí, ha sido un dolor catárquico. Redentor, incluso. Hasta el punto de cerrar el libro y sentirme un poquito mejor.

Porque para mí Patria no arranca en la página 1 del libro. Para mí Patria arranca en un piso del barrio pamplonés de Azpilagaña, donde viví mi infancia allá por los años ochenta del siglo pasado, hijo como soy de un padre noble, íntegro, que fue guardia civil, y de una madre llena, repleta, colmada, de virtudes, como lo son todas las madres que quieren a sus hijos. Para mí Patria es el recuerdo más doloroso que guardo de mi infancia, el de, cogido en brazos de mi madre, asomarme por la ventana para despedir a mi padre cuando se iba a trabajar, a veces a pie (y nunca por la misma ruta), a veces en coche, y advertir cómo se agachaba a mirar los bajos del vehículo antes de montarse en él. Patria para mí es ese recuerdo que ahora hiere de un niño, yo, que, bendita candidez de la infancia, le preguntaba a mi madre por qué papá se agachaba a mirar debajo del coche antes de montarse en él y arrancarlo, y de asentir, convencido de la veracidad y empaque de la respuesta, cuando ella me decía que papá se agachaba por si acaso había un gato debajo, no sea que lo fuera a atropellar. Patria para mí es eso. Eso y también leer, como una punzada de tristeza en el vientre, ese párrafo en el que Aramburu menciona (ficción y realidad fluyen conjuntamente a través de las páginas del libro) a aquellos dos policías nacionales víctimas de una bomba lapa en Sangüesa, de los que uno de ellos era amigo de mi madre, de su pueblo, también de mi pueblo, y al que yo también conocía y cuyo recuerdo permanece ahora allí con una placa en una calle con su nombre.

Patria para mí era ir a un colegio y decir que mi padre era funcionario, guardia civil nunca, no jodamos, que no era cuestión de que a uno le hicieran la vida imposible, de crecer empezando a deglutir toda esa mierda y asimilar lo duro que debía de ser ir a trabajar aquí y allá siempre con un ojo en la espalda, siempre con el escalofrío al girar la llave en el contacto del coche, siempre esquivando ésta o aquella calle, plaza o bar. Patria para mí fue salir de fiesta y tener que correr en alguna ocasión porque las algaradas, a pedrada limpia, de radicales, tenía su contestación en forma de pelotas de goma por parte de los antidisturbios, y acabar la noche encerrado en un bar a la espera de que las aguas volviesen a su cauce. Patria, para mí, también es el recuerdo de aquella bomba detonada en el parking del edificio Central de la Universidad de Navarra, donde estudié Periodismo, y ver cómo el edificio entero de la Facultad de Comunicación, un formidable bloque de hormigón y cristal, se movía entero a causa de la onda expansiva y a continuación ver, junto a mis amigos, en la explanada que se abría frente a su puerta y donde nos hallábamos tras salir de prácticas de la asignatura de radio, cómo multitud de piezas del vehículo, hierros indefinidos, tubos, tuercas, de todo, comenzaba a llover sobre nuestras cabezas. Y luego, mitigado el pitido de los oídos, y con las sirenas de policía y guardia civil que se aproximaban sustituyendo poco a poco a aquél, llamar en vano (líneas colapsadas) a mis padres para decirles estoy bien, no me ha pasado nada, no os preocupéis.

(https://elpais.com/diario/2002/05/24/espana/1022191205_850215.html)

Sí, todo eso es para mí Patria.
Porque, a mis 36 años, he conocidos a Bittoris, a Joxemaris, a Joxians, a Txatos, a Mirenes, a Gorkas y a Arantxas. Con otros nombres y otras caras, pero he conocido a todos.

Por eso, la lectura de la novela de Aramburu me ha devuelto, durante 650 páginas, a aquella realidad de mi infancia y juventud, y me ha hecho pensar, y mucho, sobre la vida, sobre las convicciones personales, sobre las soflamas políticas que mueven conciencias y mentes como guiñoles, y sobre todo sobre el perdón que es el pegamento que lo une todo. Sobre, en definitiva, la grandeza del ser humano como fuente de perdón. De perdón que, en ocasiones, no viene dado siquiera por la parte que debiera pedirlo sino ofrecido por la parte agraviada, en este caso por Bittori, quien quiere saber, quien necesita saber, quién fue quien apartó a su marido, al Txato, un vasco de pro, de su lado por vete tú a saber qué. Si acaso fue Joxe Mari, al que de crío le trataban como un sobrino, o como otro hijo más, o si fue algún otro miembro del comando al que pertenecía.

Por ir terminando, diré que Patria no es una novela en la que se destile moralina. No lo es. Eso sí, tampoco espere el lector un final feliz. No. Esto no es un cuento de Disney. Es la vida. El ejemplo más claro de mi afirmación es su última frase. Una frase que no da pie a interpretación alguna. Una frase cáustica que viene a decir algo así como “tú aquí y yo allí, cada uno con nuestras convicciones, con nuestro motor ideológico, pero ambas partes, o al menos una de ella, en paz”.

Todo esto y mucho más es Patria. Un precioso canto de cisne de la voluntad humana cuando se advierte el final de la vida, de los sueños  y las frustraciones, de la incesante búsqueda del qué, del cómo, del porqué. Y, por supuesto, del quién.

Porque, de todas estas preguntas cuyas respuestas se van desgranando poco a poco a través de las 650 páginas del relato, la única en la que Aramburu no entra a narrar, ni a teorizar, es la más personal. El para qué. Aunque pensamientos puestos en bocas de unos y de otros dejen bien claro la heterogeneidad de pensamiento de unas y otras partes, y el lector pueda hacerse una idea de ello. Y, así, llegar a la más evidente de las conclusiones: para nada.

Porque si algo confiere verdadera grandeza a Patria es el hecho de poder leerla con el prisma del tiempo como atalaya y comparar (luego de analizar el tiempo narrado y transcurrido durante la novela) la sociedad vasca, y por extensión también navarra (Euskal Herria como ambición), de aquella época con la de ésta. Y ver que todo aquello, todo aquel maremágnum de violencia y sinsentido, no sirvió para nada. O, como mucho, para nada que no fuese para enrarecer la convivencia. Porque ya se sabe: cuando alguien mata a una persona, no mata la idea. Solo mata a la persona. Porque las ideas permanecen.

Leed Patria, de verdad.

Como penitencia. Como liberación. Como vector de conocimiento de aquella época. Como todo lo anterior. O como nada de lo anterior.

Pero leedla.

Ya veréis cómo algo, mucho o poco, os moverá por dentro.

Porque solo los grandes libros consiguen hacerlo. Y éste, sin duda, es uno de ellos.

 

Artículo de Arturo Pérez-Reverte:

http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/199/los-peces-de-la-amargura/