«Rendición», de Ray Loriga: esa delgada línea que separa lo utópico de lo distópico

loriga

Lo siento. Vaya esto por delante por lo que a continuación viene. Y lo siento profundamente porque igual esto ya empieza a ser un problema mío, única y exclusivamente mío, de filias y fobias, de no advertir, o de no saber advertir, o incluso -esto supongo que no pero quién sabe- de no saber apreciar la chispa en la literatura de Ray Loriga.

Hoy os voy a hablar de Rendición, la última novela de Jorge Loriga Torrenova (Madrid, 5 de marzo de 1967), conocido literariamente como Ray Loriga, un autor con una dilatada trayectoria narrativa que, con esta obra, editada por Alfaguara, se alzó, el pasado mes de mayo, con el prestigioso premio literario Alfaguara, dotado con la absolutamente nada despreciable cifra de 164.000 euros.

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Le ha llegado a Loriga este galardón un cuarto de siglo después de la publicación de su primera novela, Lo peor de todo, y lo ha hecho con una obra bizarra, ambigua, ambientada en su meollo argumental central en una sociedad distópica, algo orwelliana (permítaseme la licencia por tildarla así) pero, a mi juicio, no demasiado atractiva. Me la he leído, sí, y me la he leído en tres tacadas. Pero son 210 páginas muy asequibles, es decir, que con un ritmo normal de lectura es fácilmente realizable, por lo que ha de descartarse que me lo haya metido entre pecho y espalda por el gran efecto de imantación que sobre mí haya ejercido la obra, que, realmente, ha sido poco.

Lo siento, ya lo he dicho, pero no termino de cogerle el puntillo literario a Loriga. El tío escribe bien, muy bien, con frases cortas, nada de textos celianos llenos de subordinaciones infinitas, y con una gran fuerza narrativa a la hora de articular el tempo de las novelas, pero me acaba fallando el fondo. El argumento. No advierto en sus textos la profundidad que imprimen a sus novelas otros autores, y quizás sea por ello que esa forma de escribir cáustica acabe, según mi manera de entender la literatura, impregnándolo todo y haciéndome que se me atraganten sus obras.

Con Loriga, no obstante lo anterior, he de decir que mantengo un pulso interior entre el amor y el odio. Leo algo suyo, digo que nunca más, pero el tío tiene algo, no me digáis qué, que me hace ir a la librería a comprar su siguiente obra. Es como si advirtiese que tiene algo bueno, algo que, de eclosionar, lo haría un narrador brillantísimo, y por eso siempre le doy una nueva oportunidad. Y Rendición ha sido otra (la penúltima, como siempre) oportunidad después de que leyera Za-Za, emperador de Ibiza y dijera que Loriga, nunca más. Pero coño, es que he terminado el libro y, a pesar de la decepción que me ha supuesto, sigo pensando que tiene algo. Que en su literatura hay algo. Algo latente que todavía no ha llegado a salir a flote. Algo que, de salir, sí que haría de él un brillante narrador. Quizás sea que, para mi gusto, no ha dado con la historia que logre engancharme. O sea, que evidentemente el problema es mío, de filias y fobias, como decía arriba.

Sí, ésa es mi lucha interna con la obra de Loriga, al que, por establecer una analogía, compararía con Umbral (que nadie se mese las barbas, que ahora explico el porqué), un autor con una prosa correcta, correctísima (aunque la de aquél llena de florituras, porque a Umbral le gustaba dárselas de autor que manejaba el lenguaje como nadie), es decir, un autor que, al igual que Umbral, escribe muy bien… pero que sus historias no son capaces de engancharme. Según mi modo de entender la literatura, ésta ha de tener un equilibrio entre brillante redacción e historia que atrape, y en Loriga me falla lo segundo. Al revés, por ejemplo, que lo que le sucede a Esteban Navarro, un autor cuyas tramas policiacas me atrapan porque resultan adictivas a la par que ingeniosas, pero que, a mi juicio, creo que cojean desde el punto de vista del estilo.

Volvamos a Rendición.

Como decía, tiene 210 páginas. La historia, grosso modo, versa sobre un hombre sin nombre (una constante en las novelas de Loriga, que parece tener alergia a poner nombres a sus protagonistas) que, a causa de una guerra indeterminada que dura ya una década, en un país indeterminado y en el que también se indetermina qué bando atacó primero y por qué), se ve abocado a, junto a su mujer y a un muchacho llamado Julio al que hacen pasar por su sobrino (que no es su hijo porque sus hijos partieron a luchar con el ejército y nunca más supo de ellos), por orden gubernativa, quemar su casa, dejar atrás sus pertenencias y, acompañado del resto de habitantes de la comarca, emprender un éxodo hacia la denominada ciudad transparente, un lugar donde todo, absolutamente todo, es transparente: muros, tuberías, bares y hasta casas. Donde no hay privacidad. Donde todo parece ser de todos. Donde impera lo diáfano y donde sus habitantes son obligados a ducharse con una sustancia que acaba por detraerles su olor y hasta su misma esencia. Donde todo fluye feliz, despreocupado. Donde todo es gratis, donde no hay salarios, donde no hay envidias ni rencores. Y donde nuestro protagonista, como en una especie de Matrix, empieza a sospechar que todo aquello esconde algo. Que esa realidad no es sino una orquestada irrealidad. Porque no queda ni rastro de las miserias ni de la podredumbre moral que otrora, afuera de los también transparentes muros que circundan la ciudad, conociera en el mundo que antes habitó. Y así, poco a poco, el protagonista avanza por las páginas en una extraña lucha interna por huir de la omnímoda felicidad existente, ésa que le hace aceptar con total naturalidad (ojo al spoiler que viene) hasta que un bibliotecario reconvertido en tutor de Julio acabe acostándose con su mujer, durmiendo en su cama y apartándolo incluso, a dormir en un sofá.

La historia, desde un punto de vista general, podría definirse como orwelliana por lo distópico (una sociedad indeseable a pesar de lo aparentemente perfecta, sin gobierno, donde todo se elige por votación popular, donde nadie es más que nadie, donde no hay rencillas ni rencores ni envidias insanas, donde todo fluye en paz y armonía, donde todo es transparente y hasta inodoro -nuestro hombre trabaja en una central de procesado de heces, y éstas son inodoras, provocándose alguna situación humorística con la que Loriga salpica [qué gran palabra y tan acertada este «salpica»] el relato- y donde, por esa peculiar idiosincrasia, no hay, no se entiende que haya, voces discordantes, porque con esa suerte de autorregulación, con esa autarquía interna, quienes se atreven a poner en tela de juicio o alterar esa paz son eliminados) y futurista en esencia. Ya lo he dicho antes, es una especie de Matrix pero en plan mundo feliz y sin ningún agente Smith.

¿La historia? Curiosa. Te da que pensar. Pero todo se intuye tan abstracto, tan lejano, tan difuso, que no ha logrado calar demasiado hondo en mí. Sí, reconozco que me he parado a pensar si acaso algo así sería susceptible de suceder en un futuro muy lejano, pero poco más. Porque todos sabemos en qué mundo vivimos y algo así sería inviable. E imposible. ¿Postmoderna? Podría ser. Pero ni ahí le veo el punch de otras historias, de otras películas. Me acuerdo, por nombrar sendos filmes que sí que me parecieron muy brillantes a la hora de pintar un futuro bizarro, La Isla, de Michael Bay (con Ewan McGregor y Scarlett Johansson) o, sobre todo, In Time (con Justin Timberlake y Amanda Seyfried), esta última -a mi juicio- un pedazo de película en el que se dibuja un futuro en el que los avances científicos han sido tales que se ha encontrado una fórmula contra el envejecimiento que trae consigo no sólo superpoblación sino también la transformación del tiempo en moneda de cambio para sufragar tanto lujos como necesidades. Es decir, donde la gente trabaja a cambio de tiempo. De este modo, los ricos pueden ser inmortales mientras que el resto de la humanidad ha de trabajar para ganar dinero que canjear por tiempo para seguir viviendo.

Voy terminando.

¿Me ha gustado Rendición? Pues sí y no. Sí por dibujar un nuevo escenario futurista, una nueva clase de sociedad transparente, pero no porque creo que al libro de Loriga le sobra su primera parte, las 90 primeras páginas (que, a mi juicio, no aportan gran cosa; uno podría empezar a leer el libro en la segunda parte y enterarse absolutamente de todo enseguida) y porque, entrados en el meollo, en la sociedad distópica que sustenta el libro, se despacha enseguida sus entresijos y no profundiza en demasía, para rematarlo en diez páginas, como si tuviera prisa por terminarlo.

En resumen, que es un libro que tiene unos muy buenos mimbres pero que acaba por cojear. ¿Merecedor de un premio tan prestigioso como el Alfaguara? Miren, no lo sé. Yo soy un simple lector al que le gusta darle a la tecla. No soy miembro del jurado, no tengo su currículum literario y, posiblemente, tampoco su conocimiento ni su bagaje literario; tampoco sé, además, cuáles son las premisas que articulan que, según su modo de juzgar, un libro sea merecedor de un premio por encima de otro. Y, claro, evidentemente, tampoco conozco el resto de obras que se presentaron al certamen para enjuiciar el asunto con algo más de objetividad.

Y ahora, sin ambages: ¿Lo recomiendo? Pues tampoco sabría qué decir. Lo que es bueno para mí puede ser malo para ti, y viceversa. Así que juzguen ustedes mismos. Lean más blogs como éste, blogs que no responden a intereses mercadotécnicos literarios, donde quien le da a la tecla no pertenece a ninguna sociedad de bombos mutuos literarios interesada en poner en valor a éste o a aquel escritor, y saquen sus propias conclusiones.

Yo sólo sé que, después de leer Rendición (maldito Loriga, una vez más) volveré a darle una nueva oportunidad. Porque, ya lo he dicho antes, como escritor tiene algo. 

Sigue escribiendo, Ray. A pesar de todo, yo confío en ti.