«El brillo de tu mirada», mención especial en el II Concurso de Relatos Cortos sobre el Alzhéimer de AFAGA

El año pasado tomé parte en el II Concurso de Relatos Cortos sobre el Alzhéimer «En un rincón de la memoria», convocado por AFAGA (Asociación de Familiares de Enfermos de Alzhéimer y otras demencias de Galicia). El relato, como el propio nombre de la asociación indica, tenía que versar sobre el alzhéimer, enfocado desde cualquier punto de vista. Tenía yo, ironías de la vida, un texto escrito sobre el alzhéimer y vi que, recortándolo un poco, podía encajar en la convocatoria, así que me dije «¿por qué no?» y lo envié. No gané; dicho honor correspondió a María Teresa Camacho Herrero y su relato «Re-cordis); y tampoco fui finalista (los finalistas fueron Celia Gámez con «En manos del olvido», premio a la emotividad; «Carta del más allá», de Alberto Díez Domínguez, premio a la originalidad; y «Admirarte», de Unai Gracia Eizaguerri, premio al estilo». Pero, como se recogió en el acta del fallo del jurado, además del ganador y de los finalistas, de entre los 260 originales recibidos el jurado quiso hacer dos menciones especiales. Una al relato «Raginoe Russian», de María Gafo Gómez-Zamalloa, y otra… a un servidor.

Publico esta entrada ahora, transcurrido más de un año desde el fallo del jurado, porque recientemente he recibido un correo electrónico de la organización del certamen comunicándome que AFAGA va a editar un libro con esos seis relatos (ganador, finalistas y menciones especiales) que verá la luz en breve y que, además, me lo van a enviar. Todo un detallazo por el que les estoy muy agradecido.

Por todo ello he decidido rescatar de la memoria este relato y aquí os lo traigo, que no todo van a ser sesudas disquisiciones sobre obras literarias.

Espero que os guste.

Se titula «El brillo de tu mirada» y dice así:

Mi madre, de joven, fue una mujer guapísima. Tenía un aire a Michelle Pfeiffer, con unas facciones muy marcadas, casi felinas; la nariz estrecha y ligeramente respingona, la barbilla afilada, los pómulos sutilmente abultados y una preciosa melena cobriza. Pero no eran ésos los únicos atributos que le conferían un atractivo especial, y es que su principal seña de identidad siempre fue la heterocromía que padecía desde niña. Sí, mi madre tenía los ojos diferentes; su iris ocular derecho era azul y el izquierdo, verde. Algo extraño, o por lo menos infrecuente, pero que, lejos de desentonar con el conjunto de su rostro, no hacía sino conferirle un carácter enigmático, bizarro y hasta turbador a su ya de por sí destacada belleza.

Corría el año 1979 cuando, siendo yo todavía una niña, mi madre y yo fuimos a la estación de trenes para esperar la llegada de unos familiares que iban a venir a pasar unos días con nosotros a Madrid. De repente, un rumor creciente empezó a sentirse en el andén, provocado por la presencia, en él, de alguien muy especial: era Adolfo Suárez, el entonces presidente del Gobierno. Recuerdo vívidamente aquel momento. Suárez, perfectamente trajeado, iba acompañado de dos escoltas, y, como si de un ciudadano más se tratara, avanzaba en nuestra dirección hacia el otro extremo del andén, saludando efusivamente a todos y cuantos ciudadanos se acercaban a él. Al pasar junto a nosotras, el presidente del Gobierno saludó con una educación exquisita a mi madre y, tras observarla durante apenas una fracción de segundo, bajó la vista hacia mí. ¿Es su hija?, le preguntó. Mi madre, nerviosa por tener a apenas un par de metros de distancia al presidente del Gobierno, apenas acertó a asentir con la cabeza. «Es tan guapa como su madre», espetó con naturalidad mientras acompañaba la frase con un guiño de ojo dirigido a mí. «Es un placer conocerle», le dijo, entonces, mi madre. Suárez le brindó una gran sonrisa. «El placer es mío, señora», le contestó antes de despedirse y continuar su marcha. En ese instante, mi madre me miró. Sus ojos bicolor tenían un brillo especial, sin duda a causa de la emoción. «¿Has visto, Ana? -me dijo, visiblemente emocionada -¡es Adolfo Suárez, el presidente del Gobierno!».

A mis apenas diez años, yo no conocía a aquel señor, y además, palabras como presidente o Gobierno eran conceptos demasiado complejos para mí, por lo que en aquel momento no entendí muy bien el motivo por el cual aquel hombre alto, delgado y elegantemente trajeado había provocado tamaño revuelo.

Los años transcurrieron, y no tardé en saber quién era, y qué había significado para España, Adolfo Suárez. Mi madre, huelga decirlo, siempre guardó en la memoria aquel encuentro casual con el presidente, hasta el punto de que serían innumerables las veces en las que relataría su fugaz conversación con Suárez en reuniones familiares o con amistades. Y, siempre que lo hacía, sus ojos brillaban de una manera muy especial.

Treinta años más tarde, lo que son las cosas, el recuerdo de aquel encuentro solo me pertenecía a mí. Mi madre, diagnosticada de alzhéimer varios años atrás y con la enfermedad bastante avanzada, apenas tenía ya efímeros momentos de lucidez. El brillo de sus ojos, ése que le invadía cada vez que algo le entusiasmaba, o que le hacía feliz, hacía ya mucho tiempo que se había apagado. Tenía la mirada triste, apática, como ida. El drama de quien se estaba yendo poco a poco. El drama de quien se estaba olvidando hasta de olvidar.

Una tarde de mayo en la que estaba animada y en la que aceptó que una desconocida como la que para ella era yo, su propia hija, le acompañase a dar un paseo, salimos a dar una vuelta por un parque próximo a casa. Al llegar a un banco, nos detuvimos a merendar. Con infinita calma, le empecé a dar la merienda, un trozo de chocolate y unas galletas, mientras mirábamos, siempre en silencio, a unos niños jugar en unos columpios cercanos. A nuestra derecha, por un camino, se entrecortaba la silueta de un hombre que empujaba una silla de ruedas y que se aproximaba, poco a poco, hacia nuestra posición. Al cabo de un rato, al llegar junto a nosotras, aquel hombre se detuvo a descansar en el mismo banco que en el que nos hallábamos y aparcó la silla de ruedas que empujaba junto a la de mi madre. Casualmente, fijé mi vista en el hombre que descansaba en ella. Era menudo, estaba muy delgado y terriblemente envejecido a pesar de aparentar tener menos edad que la que sus facciones denotaban. Iba vestido con un elegante traje azul y estaba perfectamente afeitado y peinado a la raya. Y entonces, solo entonces, mirándolo fijamente, descubrí quién era en realidad: Adolfo Suárez.

En ese instante los ojos se me inundaron de lágrimas. Sabía del ex presidente que estaba aquejado de la misma enfermedad que la que había condenado a mi madre al olvido, pero nunca jamás lo había vuelto a ver desde que abandonara la política. Permanecí observándolo unos segundos más, hasta el momento en el que él, levantando la vista con gran dificultad, posó su apagada mirada en los ojos bicolor de mi madre, que justo en ese instante se cruzaron con los suyos.

El alzhéimer, a veces, funciona como un fósforo en una habitación oscura. De repente, se enciende una cerilla, se inunda toda la estancia de luz durante una fracción de segundo y luego, después del fogonazo, todo vuelve a la tiniebla. Digo esto porque, en ese preciso momento en el que ambos cruzaron sus miradas, mi madre, eso quiero creer, tuvo un momento de lucidez.

Mi madre falleció un año después, y Suárez lo haría en 2014.

Puede que no me creáis, pero aquella segunda vez que mi madre vio a Suárez no dijo nada, pero sus ojos, ésos que se habían apagado tanto tiempo atrás, volvieron a brillar.