“El tango de la guardia vieja”, de Pérez-Reverte: la [apasionante] vida de un hombre y de un amor que nunca pudo ser

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Suele decirse que el tango es guacho, que carece de padre, que, en todo caso, es un bastardo (entiéndase la expresión) en cuya genética ha tenido algo que decir la habanera, la milonga, el fandango y hasta el candombe. Huérfano, como digo, de padre, pero -paradójicamente- hijo de mil padres a la vez. Ofrece el tango (su baile, su ritmo, su música y sus letras) un perfecto destilado de inquietudes, desencantos y, sobre todo, de pasiones; el tango es verticalidad y contorsión, es lejanía y luego cercanía, es roce, es mirada cómplice y penetrante, es olor de sudor y también de respiración, es cadencia y es erotismo, es coreografía sexual de cortes y quebradas, improvisación pero también sincronía. Es, a fin de cuentas, un elixir concentrado de vida -de vida intensa- hecha baile. Y, tal vez por ello, por ese paralelismo, por esa riqueza de matices que ofrece este singular y hoy día universalizado baile que Buenos Aires y Montevideo vieran crecer y luego expandirse desde que empezara a ser bailado en misérrimos peringundines portuarios o arrabaleros, es por lo que Arturo Pérez Reverte vio en él un filón inmejorable para crear una de sus más completas -y complejas- obras, El tango de la guardia vieja (Alfaguara. 2012).

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Arturo Pérez-Reverte.

Completa y compleja, digo. La obra. A mi juicio, ésta es, probablemente -junto con la saga de Alatriste, en la que Pérez-Reverte hace un increíble ejercicio de ficción histórica en el que la ambientación, y hasta los diálogos, la manera de hablar de sus protagonistas, tienen un titánico esfuerzo de documentación tras de sí- la más completa y más compleja novela del autor cartagenero. O, por lo menos, de todas cuantas de él me he leído, que son bastantes. Casi todas, de hecho. Porque esta obra, atención, se mueve a través tres momentos históricos diferenciados, de tres años distintos, de, también, tres lugares, tres emplazamientos, diferentes, de Sorrento, de Niza, de Buenos Aires. Porque, cambiando de año y de lugar, Pérez-Reverte adecua a la perfección a sus protagonistas a esos momentos y esos lugares, y la novela es un permanente caudal de trasuntos, y de atrezzo, perfectamente contextualizados; de vestuario, de tangos, de trasatlánticos, de flirteo, de bajos fondos, de cajas fuertes, de espionaje, de diplomacia, de ajedrez. De la vida. O, al menos, de una vida, la del bailarín mundano Max Costa, un tipo seductor, un bailarín virtuoso, un ladrón de guante blanco, un gigoló irredento y, al final, un viejo canalla que resulta, a pesar de todo, entrañable, cercano y hasta simpático.

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Todo esto y mucho más es El tango de la guardia vieja, una novela de casi 500 páginas que exige, por profundidad, una lectura sosegada, tranquila y hasta analítica. De ir, poco a poco, más que leyendo las aventuras y desventuras de Max Costa, su protagonista, acompañándolo a través de la vida. De su vida. Porque El tango de la guardia vieja es un paseo por la vida turbulenta de Max, un bailarín mundano al que, ironías de la vida, el destino acaba juntando en tres ocasiones espacio-temporales distintas con Mecha Inzunza, una mujer de extraordinaria belleza a la que Max nunca logra olvidar a pesar de todos sus amoríos y affaires posteriores a sus respectivos encuentros. Una mujer compleja, bella, turbadora, que le hipnotiza, le cautiva y, también, le enamora. Una mujer que Pérez Reverte llega a definir así (pág. 360. sic.): “Era aún más hermosa que en Buenos Aires, concluyó casi con desesperación. Tanto, que parecía irreal. Debía de haber cumplido ya los treinta y dos: edad perfecta, cuajada, de absoluta hembra. Mecha Inzunza pertenecía a esa clase de mujeres, en apariencia inalcanzables, con las que se soñaba en los sollados de los barcos y en las trincheras de los frentes de batalla. Durante miles de años los hombres habían guerreado, incendiado ciudades y matado por conseguir mujeres como ésa”.

(Inciso breve: cuando leí este párrafo, y teniendo en cuenta que el primer marido de Mecha Inzunza se llamaba Ernesto De Troeye, enseguida establecí un paralelismo mental entre Mecha Inzunza, la señora De Troeye, o sea, Mecha De Troeye, y la mujer que por antonomasia sirve para ejemplificar este asunto de las guerras, los incendios de ciudades y la consecución de mujeres así: Helena de Troya [curioso -¿o tal vez no?- que Ernesto se apellide De Troeye]. Ya sabéis, la hija de Zeus y Leda, la que fue raptada por Teseo y rescatada por sus hermanos, la que luego se casó con Menelao pero conoció a Paris y ya conocéis el resto).

Prosigo. A mi juicio, El tango de la guardia vieja es una novela inclasificable desde el punto de vista del género porque picotea de tantos que resulta imposible encorsetarla en uno solo. Podría decirse que estamos ante una historia de amor inconclusa, impefecta, que vive distintos estadios a lo largo de las décadas, de un amor que fue pero que, paradójicamente, nunca llegó a ser, que no obstante siguió siendo y que, curiosamente, todavía continúa siéndolo, pero también es una historia de amor enturbiada por factores externos: en primer lugar, por la procacidad del primer marido de Mecha Inzunza, el afamado compositor Armando De Troeye, cuyas preferencias sexuales le empujan a compartirla con otros hombres -y mujeres- (y en este escenario es donde entra en juego Max); en segundo lugar, por la invariable hoja de ruta del bailarín que, a pesar de haber quedado prendado de ella, es un fulano pragmático y siempre mantiene la cabeza fría, por lo que sepulta cualquier conato de enamoramiento y continúa con su plan, consistente en hacer dinero -en este caso gracias al robo de un valioso collar- y desaparecer. Y, en tercer lugar, por la propia inercia de la vida. Porque, a pesar de destellos fugaces (como el protagonizado por Max en su último y casual encuentro, en Sorrento, donde accede a realizar una peligrosa misión para Mecha en pos de su hijo, el prodigio del ajedrez y próximo candidato al trono ajedrecístico mundial Jorge Keller), Mecha es como es y Max es como es, y nada, ni nadie, los podrá cambiar a pesar de que el oleaje de la vida te dé (como es el caso de esta pareja) hasta tres ocasiones para intentarlo. Por lo tanto, podría decirse que el amor es el hilo conductor de la historia, pero no es la historia en sí misma, porque en ella, también, se suceden otros asuntos que son los que dotan de acción al relato. Porque la vida de Max Costa (ojo a la obviedad que viene) sin duda da para una novela. Para una gran novela, concretamente. Para ésta.

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John Voight (dcha.) en Cowboy de medianoche

 

Sí, así es El tango de la guardia vieja. La narración de una vida fascinante, la de Max Costa, en la que confluyen tangos, trazas de gigoló, robos, asesinatos y hasta espionaje. Una historia formidable cuya lectura te cristaliza las retinas, que, cuando cierras el libro, te invita a llorar un poquito. ¿Es usted un sensiblero?, podría preguntarme alguien. O añadir: ¿o es la obra un dramón? Y la respuesta a ambas preguntas es un rotundo “no”. Lo que sucede es que este libro es un viaje a través de la vida y, por ende, a poco que sepas leer entre líneas, te invita a la reflexión. Concretamente a pensar sobre la vida, sobre su sentido, sobre la casualidad y la causalidad, sobre las decisiones que tomamos, o que decidimos no tomar, y sobre los posibles escenarios en los que, en virtud de esas decisiones, o indecisiones, nos hallaremos (si vivimos para contarlo) en un futuro. Todo ello, en el libro, materializado en Max, en un tío, un guaperas con un don para el baile, que vivió -primero a bordo del Cap Polonio y luego en diversos lugares- el sueño que perseguía en vano Jon Voight en Cowboy de medianoche (sé que desbarro, pero qué pedazo de BSO encabezada por la bellísima canción Everybody´s talkin de Nilsson), es decir, vivir de mantenido gracias a mujeres potentadas, pero al que la vida, su transcurrir inexorable, fue haciéndole mella hasta empujarlo a ser algo muy diferente a lo que fuera cuando la virilidad y el atractivo eran sus señas de identidad, hasta convertirlo en un hombre maduro, tranquilo y que, a sus 64 años (tantos años como escaques hay en un tablero de ajedrez, le dice Mecha en Sorrento para seguir engarzando el puzle de las casualidades), se gana la vida como chófer del doctor Hugentobler, un sicoanalista suizo. En alguien que, como cantara Joaquín Sabina en su tema Whisky sin soda, “Hoy, ya retirado, sólo robo y mato por necesidad”.

Voy terminando. Y me centraré en un aspecto muy particular de la novela. El ajedrez. De sobras es conocido que a Pérez-Reverte le gusta el ajedrez; de hecho, además de tener amistad con uno de los máximos impulsores de esta disciplina deportiva en España (si no el que más) de los últimos treinta años, Leontxo García, Pérez-Reverte ha escrito, además de la formidable novela La tabla de Flandes (donde el ajedrez tiene un papel protagonista), innumerables artículos sobre este fascinante juego-ciencia del que se considera un entusiasta seguidor. En el caso concreto de El tango de la guardia vieja, el ajedrez juega un papel muy importante. Es, concretamente, el eje vertebrador del tercer acto, el culminante, de la obra, en el que Max, con los dorsos de las manos salpicados de manchas que denotan el inexorable paso de los años (corre el año 1966 y Max tiene 64 años, la edad a la que murió Bobby Fischer, aquel genial ajedrecista y campeón del mundo estadounidense al que la locura le ganó su particular partida en vida) ha de afrontar una peligrosa misión que lleva a cabo más por la devoción que todavía profesa a Mecha Inzunza que por ningún otro motivo. Concretamente, tiene que robar a Mijail Sokolov, campeón del mundo de ajedrez que ha acudido a su match con el joven prodigio Jorge Keller rodeado de una cohorte de analistas, psicólogos y hasta peligrosos “observadores” del KGB, el libro de anotaciones del campeón mundial, donde se recogen las partidas, los análisis y los estudios del soviético; material que, en caso de caer en manos de Jorge Keller, sería un gran espaldarazo de cara a afrontar su posterior duelo por el Campeonato del Mundo, que habrá de enfrentarlo de nuevo con el soviético. Con estos ingredientes como telón de fondo, Pérez-Reverte se acerca al universo del ajedrez con el mimo, y con el respeto, que profesa al juego ciencia. Y ello se nota en la documentación, prolija, con la que lo hace. En el uso de términos ajedrecísticos y, sobre todo, en la magistral descripción de los rasgos físicos y psicológicos de los jugadores. Ésos que hacen que servidor, aficionado también al ajedrez, haya disfrutado como un enano de esta parte de la novela, advirtiendo aquí y allá rasgos, gestos, detalles, de unos y otros jugadores de ajedrez de la elite mundial. Como ese zumo de naranja que acompaña a Keller durante las partidas (muy típico del actual campeón del mundo, Magnus Carlsen), el flequillo sobre la frente o la corbata mal abrochada, con un look descuidado como el que gastara Bobby Fischer en su juventud (ex campeón del mundo), los rasgos físicos de Sokolov, que recuerdan al genial ajedrecista Alexei Shirov, la presencia de tics en los jugadores (ese mirarse constantemente las manos de Sokolov que podría extrapolarse a tantas costumbres bizarras de grandísimos jugadores, como el constante jugueteo con las cejas de otro genio de los trebejos como es Vassily Ivanchuk) o incluso los factores políticos que rodean (que en aquella época rodeaban) al ajedrez, como por ejemplo el indeleble apoyo del aparato político soviético a sus jugadores. Porque en 1966, año en el que Pérez-Reverte ha ambientado este duelo ajedrecístico, cabe destacar que en el mundo real se batieron en duelo por el cetro mundial los compatriotas soviéticos Boris Spassky y Tigran Petrosian. Y es que, en aquella época (y antes, y después), en la URSS el ajedrez no era simplemente un juego o un deporte sino una religión. Porque de allí surgió la inmensa mayoría de jugadores de elite y de campeones del mundo que la historia ha dado al ajedrez. Porque el ajedrez siempre tuvo allí un peso, y una trascendencia social, de primer orden. Y porque, provocado por aquel virtuosismo que sus jugadores siempre demostraron, el aparato político siempre se encargó de cuidar y, cómo no, también de proteger, el ajedrez, espejo de sus virtudes y orgullo de toda una nación. Hablaba del match Spassky-Petrosian. Ganó el segundo, que mantuvo el título hasta 1969, cuando se lo arrebató, esta vez sí, Spassky, quien luego tuvo que doblegarse ante el fenomenal estadounidense Robert James Fischer en 1972, en lo que significó un duelo a muerte ya no solo por la corona del ajedrez mundial sino, también, por dos maneras distintas, antagónicas, de entender la sociedad y la política, y que, como no podía ser de otra manera, fue un match que estuvo rodeado de polémicas, tensiones y muchísimo morbo, sobre todo después de que Bobby Fischer destrozara en el ciclo previo de candidatos a uno de los jugadores más reputados de la Unión Soviética, Mark Taimanov. Sin duda, todo este cóctel de información, de datos y de detalles fascinantes, no fue ajeno a Pérez-Reverte a la hora de documentarse para la novela. De hecho creo firmemente que su Sokolov-Keller fue ideado con muchos de los ingredientes antes expuestos. Un match, por otra parte, magistralmente descrito desde el punto de vista narrativo y que está trufado, además, con la apasionante historia en paralelo de Max, de Mecha, de Karapetian y de Irina.

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El GM de ajedrez Alexei Shirov.

Podría pegarme horas escribiendo sobre este libro. Horas. Porque es fascinante. Y podría hacerlo como hasta ahora, sin hacer ningún “spoiler”. Tal es su grado de matices, de detalles. Sí, El tango de la guardia vieja es un novelón. Un novelón del mejor Pérez-Reverte, un escritor que no hace mucho transitaba por los 64, como Max, y que hubiera quien pudiera advertir algo de Max en él y viceversa. Yo ahí lo dejo.

Y, ahora sí, termino. Y lo hago como siempre. ¿Hay algo que no me haya gustado de esta obra? Pues sí. Concretamente lo que me sucede con todas las obras de Pérez-Reverte. Que por hache o por be nunca he coincidido con él (puestos a coincidir preferiría hacerlo en un bar con un buen vino de por medio y tiempo por delante para charlar de lo humano y lo divino) y por lo tanto no la tengo firmada. Eso es lo que no me gusta de esta novela. O, más que no gustarme, lo que me jode. Pero bueno, espero que algún día eso se solucione. Ya me las ingeniaré.

Pues ya lo sabéis. Leed El tango de la Guardia Vieja. Disfrutadlo. Vividlo.

Salud y cultura, amigos.

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