De Luz Gabás, Monegrillo, Como fuego en el hielo… y Mario Casas

Hoy toca hablar de Luz Gabás. Y también, y ya de paso, de su última novela, Como fuego en el hielo (Planeta de Libros, 2017). Pero, a diferencia del resto de entradas de este blog, en esta ocasión lo voy a hacer de una manera muy diferente. Porque, además de redactar esta entrada como si de una crónica se tratara, voy a hacerlo, agarraos que vienen curvas, sin haber leído absolutamente nada de la autora oscense. Como suena.

gabas

Cualquiera que me esté leyendo pensará, con toda la razón del mundo, si acaso me he vuelto loco, si de repente he sido abducido por el espíritu de algún booktuber de ésos que se dedican a promocionar libros sin saber siquiera quién los ha escrito y todo por obtener unos cuantos likes o followers más, o, puestos a rizar el rizo, si acaso me paga Planeta, o la propia Luz Gabás, para que le haga promoción. Pues nada de eso. En absoluto. Pero, lo que son las cosas, a pesar de ello, y a pesar, también, y como ya he dicho, de que no haya leído ninguna de las tres novelas con las que actualmente cuenta la exitosa autora, tengo argumentos más que suficientes como para afirmar que su última novela es francamente buena. Seguid leyendo que enseguida entenderéis por qué.

Paso a explicaros el asunto.

Al lío.

Decía que no he leído ni una sola línea de Gabás. El porqué, muy sencillo. Porque uno tiene sus filias y sus fobias, y yo soy de entrar a las librerías y sentir una extraña imantación hacia la sección de novela negra, un género por el que siento verdadera fascinación. Todos los meses compro un par de libros de noir, y de ellos me voy nutriendo cada vez que tengo un rato para leer. Eso no quita, por supuesto que no, para que, muy de vez en cuando, lea otras cosas, pero con Luz Gabás, lamentablemente, no me ha sucedido. Todavía. Y digo todavía porque tan pronto como termine de escribir esta entrada pienso adquirir su última novela y leérmela. Vaya que sí.

Puede que para ti, lector, la pregunta siga ahí, flotando en el aire: ¿Por qué, entonces, estoy hablando de Luz Gabás si no he leído nada de ella? Pues por una sencilla razón: porque el destino quiso (y la Diputación Provincial de Zaragoza dispuso) que Gabás acudiera a impartir una charla a Monegrillo, un pequeño pueblo zaragozano con el que tengo una fuerte vinculación personal, y decidí acudir a escucharla. Porque soy (siempre he sido) de la opinión de que no hay nada más enriquecedor desde el punto de vista de la cultura que escuchar a quien tiene cosas que contar. Y Gabás tiene muchas. Vaya que si tiene.

Afronté, así las cosas, la visita a Monegrillo de Gabás como una aparición mesiánica desde el punto de vista literario, ya que, por un lado, estamos hablando de, a día de hoy, una de las autoras más importantes a nivel nacional, y, por otro lado, de Monegrillo, un pueblo con una biblioteca asombrosa, con un índice de lectura espectacular, con una programación cultural y una participación ciudadana en los eventos que desarrolla realmente increíbles, pero un pueblo -un pueblecito- a fin de cuentas. Un municipio chiquitín de poco más de 400 habitantes. O sea, que gente del nombre, renombre y reconocimiento de Gabás no acude allí todos los días. Vamos, que era todo un lujazo contar con su presencia. Y de ahí el éxito abrumador de su presencia. Porque, como el lector imaginará, hubo llenazo. Pero hasta la bandera. Aquí abajo podéis ver cómo estaba la preciosa sala principal de la biblioteca del pueblo. Luz Gabás está allí al fondo, a la izquierda, en la puerta. Es aquella señora tan alta que está en medio. Porque alta es un rato. Tan alta como simpática. Jodo si es alta, que se dice en mi tierra.

IMG_3251

Se hizo necesario traer sillas de otras dependencias. La cita con la autora era a las seis y media, y servidor llegó a eso de las seis y diez para, como se suele decir, “coger sitio” (hice bien; los que apuraron se quedaron de pie). En ese instante ya me llevé la primera sorpresa de la tarde. Como en el archiconocido microrrelato de Augusto Monterroso Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí, en el caso monegrino la cosa fue que Cuando llegué, Gabás ya estaba allí. Más que puntual, previsora (llevó un powerpoint con el que amenizó -todavía más- su ya de por sí entretenidísima charla) y muy simpática, Gabás estaba preparando el ordenador y el proyector para su encuentro con los lectores, y rezumaba cercanía por todos los lados. Así las cosas, aproveché para sacarme una foto con ella: concretamente un autorretrato de ésos que ahora se llaman selfie.

IMG_3249

Unos poquitos minutos después de y media, con la biblioteca llena hasta arriba y después de que Gabás se sacara, siempre muy amable y sonriente, fotos con cuantas personas se lo solicitaron y de que firmara, también, unos cuantos ejemplares de varias de sus novelas, empezó a hablar. Y ahí nació la magia. Insisto, no he leído nada de ella, yo soy más de Lemaitre, Bolea, Santiago, Luján, Dicker, Vázquez-Montalbán, Lerroux, Conan Doyle, Poe, Chandler, Chesterton y autores de ese rollo que se dedican a dar matarile al personal en sus novelas, pero apenas habían transcurridos cinco minutos de su exposición y Gabás ya me había ganado, como me ganan todos esos autores de mente lúcida y discurso sensato, que defienden su obra desde el atril de la documentación, del rigor, del trabajo minucioso, metódico y puntillista. Porque todos esos valores fueron los que advertí en Luz Gabás. Porque presentó su última novela con tal pasión y con tal lujo de detalles que entendí que trabaja duro cuando se enfrenta a la página en blanco, y esa mezcla de valores, el del sacrificio y el del esfuerzo, es algo que valoro muchísimo en un escritor. Porque, más allá de leer una historia que me entretenga, me gusta entrever el oficio en aquello en lo que leo, me gusta descubrir la verdadera esencia de las obras, entender qué motivó al autor a escribir esto o aquello y, sobre todo, qué le motivó a escribirlo así y no de otra manera.

Permitidme una digresión al respecto; fijaos, Palmeras en la nieve (Planeta, 2012) fue un auténtico pelotazo, un best-seller en toda regla que catapultó a una hasta ese entonces desconocida Gabás (aquella novela fue su ópera prima) al Olimpo literario español, de igual modo que La sombra del viento hiciera lo propio varios años antes con Ruiz Zafón. Cuando Palmeras en la nieve empezó a estar en boca de todo el mundo, se produjo (como se produce siempre que sale al mercado un libro que hace temblar los cimientos de la mercadotecnia) el clásico brote / sarpullido de envidia entre tantos autores que tienen en altísima estima su prosa y advierten como una injusticia que otros vendan mucho de repente mientras ellos continúan anclados en esa palabra tan temida por un autor como lo es “anonimato”. Un brote, por otra parte, muy español. Muy nuestro. Que la envidia, ya se sabe, es el deporte nacional. ¿Y de qué iba ese brote? Pues de lo que van siempre este tipo de brotes; de repetir machaconamente, más como algo exculpatorio que como algo racional, que los pelotazos literarios no dejan de ser una mera cuestión de suerte, de estar en el sitio adecuado en el momento adecuado. Que son una ironía del destino. Cuestión de azar. Cuando está claro que no es así, o por lo menos que no es así… de simple. Porque si bien es cierto que para ser “agraciado” con un boom literario se ha de estar en el momento adecuado y en el lugar correcto, también es igual de cierto que la suerte hay que buscarla, y que para encontrarla hay que tener detrás algo muy importante: oficio y talento. Hablando en plata: lo que comúnmente se denomina “un gualtrapas” jamás tendrá un golpe de suerte así. Porque para reventar el mercado hay que ser francamente bueno. Porque una novela es, en breve síntesis, un conjunto de frases, de párrafos, de diálogos, que se alternan, se suceden, se imbrican y se fusionan hasta conformar una historia que se prolonga a través de cien, de doscientas, de trescientas, de cuatrocientas páginas. Pero el esfuerzo que hay detrás, la documentación, las notas, la bibliografía que el autor ha consultado, es salvaje. Y ahí, en los detalles, es donde se marcan las diferencias entre los buenos y los malos autores. Y, a tenor de todo cuanto Gabás contó en su charla en Monegrillo, me dio la sensación de que ella es una autora muy meticulosa al respecto de la documentación. Que todo cuanto escribe lo hace con criterio, con conocimiento de causa. Fin de la digresión. Vuelvo a lo que estaba narrando. Lo del oficio del escritor. Lo del trabajo duro.

Cuando Gabás, de pie (qué mujer más alta, por Dios), empezó a hablarnos a todos cuantos allí estábamos, enseguida quedó claro que su última novela es, además de la historia que en ella se narra, un brillante ejercicio de documentación, de ambientación y de rigor histórico. Tanto que, como la propia Gabás apuntó no sin cierta sorna, le hacía mucha gracia que sus novelas fuesen situadas dentro del género de novela romántica mientras que otros autores, varones, haciendo cosas parecidas tenían sus títulos colgados dentro de la sección de ficción histórica. Puede que tenga razón. Pero eso, ahora mismo, a ti, lector, y a mí, nos da igual. Tú quieres saber más de Como fuego en el hielo y te importa muy poco si los libros de Luz están junto a los de Santiago Posteguillo o junto a los de Corín Tellado. Y yo voy a cumplir tus deseos. Así que sigue leyendo. Pues bien, Gabás explicó con todo lujo de detalles los principales lugares y personajes inspiradores de su última novela, y así, gracias a una selección de imágenes proyectadas, pudimos viajar a la España de 1843, esa España llena de grandes cambios, de convulsos cambios, una época en la que nuestro país empezó a recibir la llegada de los denominados pirineístas, personas que cruzaban los Pirineos para llegar a España, y que, enamorados de este majestuoso enclave natural, se quedaban a vivir allí. De este modo, durante hora y media que se antojó, al final, escasísima por cuanto disfruté de su ponencia, Gabás habló de, por ejemplo, Anne Lister, de Alexandra Galitzine, de normas rectoras en Ayuntamientos, de coyunturas sociales de época, de guías de montaña, de la montaña como separación de hombres y de culturas pero también como elemento de contacto entre el hombre y su espiritualidad… y también de balnearios. Que, por lo que se ve (insisto, no he leído ni una línea de Gabás pero ya os he dicho que lo solucionaré en breve), es el eje vertebrador de la novela. Así, habló de Benasque como inspiración para su imaginario Albort, de sus baños, de Panticosa, de Eaux-Bonnes, de Cauterets, de Capvern, de Montréjeau, de Saint Bertrand de Comminges, de Barbazán y hasta del Museo del Romanticismo de Madrid. En definitiva, un exquisito paseo por mil y un lugares, personas y situaciones que me hicieron sentirme bastante apenado por no acudir a aquel “club de lectura” sin haber devorado previamente el libro.

Voy terminando. Os decía al arranque de esta entrada que tenía argumentos más que suficientes para afirmar que Como hielo en el fuego es una buena obra. Hasta ahora os he hablado de documentación, de oficio, de bibliografía. Vale. Esto está muy bien, me podríais decir, pero también hay libros que están muy bien documentados y son un truño. A lo cual yo os contestaría que sí, que en efecto. Pero es que me he guardado un as en en la manga hasta ahora. Y ha llegado el momento de sacarlo: ¿Sabéis, realmente, por qué sé que Como hielo en el fuego es un buen libro? Pues por una sencilla razón. Porque cuando acudes a un encuentro con un autor y el ciento por cien de quienes allí se hallan y se han leído el libro coinciden en alabarlo, eso es porque tiene algo.

Touché, ¿verdad?

Yo a eso le llamo lógica aplastante.

Y, ahora sí, termino.

Huelga decir que, antes de terminar su charla, hubo tiempo también para hablar de… Palmeras en la nieve. Del libro… y también de la película. Y, cómo no, de… Mario Casas. Que en realidad voy a ponerlo aquí no por nada en especial sino por tratar de que cuando alguien googlee su nombre aparezca esta entrada del blog, a ver si así gano algún lector (o lectora) más. Pero de eso, de lo de Palmeras en la nieve y de Mario Casas, disertaré otro día. Que por hoy creo que ya he escrito más que suficiente.

Mientras tanto, solo espero que os haya gustado esta entrada y que Luz Gabás (qué alta es, por Dios, y qué simpática) me perdone el hecho de no haber leído nada suyo. Todavía.

Anuncios

Un comentario en “De Luz Gabás, Monegrillo, Como fuego en el hielo… y Mario Casas

Los comentarios están cerrados.