Sobre ‘Eva’ (Arturo Pérez-Reverte) y ‘Los intocables de Eliot Ness’

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Los intocables de Eliot Ness es, a mi juicio, una obra maestra del celuloide. Su elenco de actores es increíble, y tanto su historia como su ritmo son tan buenos que hasta el intérprete más sobrevalorado de la historia del cine, Kevin Costner (de toda su extensa filmografía solo se salvan, en mi humilde opinión, además de Los intocables de Eliot Ness, Bailando con lobos y Un mundo perfecto) se me antoja como un actor excelente. Claro que, rodeado como está de auténticos monstruos de la interpretación como Sean Connery o Robert De Niro, todo es más fácil. Cosas de la mímesis, supongo.

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Los intocables de Eliot Ness. De izquierda a derecha, Andy García, Sean Connery, Kevin Costner y Charles Martin Smith.

 

Eva (Alfaguara, 2017) de Arturo Pérez-Reverte. La segunda parte, o más que la segunda parte la continuación, de Falcó. La segunda misión de Lorenzo Falcó, ese señorito jerezano y sin embargo espía patrio al servicio del Caudillo que bien podría ser (aunque con ciertos matices) nuestro peculiar James Bond. Con un Patek en vez de un Rolex Submariner (hablo del original Bond, no del que, rendido a la mercadotecnia, luciera más adelante un Seiko o un Omega); con una cuchilla gillette escondida en el sombrero en vez de con mil y un gadgets en cualquier lugar, desde el propio reloj hasta las gafas de sol; y, también, sin Aston Martin, sin vodka con Martini, sin tantas mujeres en la cama y, sobre todo, sin la convicción de deberse en cuerpo y alma a una idea (por Inglaterra, James, que le decía 006 a Pierce Brosnan en Goldeneye). Pero, a pesar de todo, y en esencia, bastante parecidos: espías, eficientes, eficaces, con un sentido del humor bastante ácido, galantes, seductores. Eso sí, Bond es la quintaesencia de la elegancia, la compostura y el saber estar mientras que Falcó es, cómo lo diría yo, español. Con elegancia, con compostura y con saber estar, también… pero en versión española. Y en la versión española de 1937. Es decir, con otros ademanes. Con otro jaez. Amén de que, al hilo de lo que decía antes de la idea, y las convicciones, como motores para la acción, Falcó es, en cambio, un fulano que, simple y llanamente, se debe a quien le paga, que en todo momento da la sensación de servir a quien más le llena el cazo. Un tipo al que todo lo demás parece importarle más bien poco. Por no decir un carajo. Algo que el propio Pérez-Reverte ha definido en alguna ocasión como amoralidad. Que Falcó es un amoral. Que no se plantea si algo está bien o mal, si matar a uno, o a tres, es correcto o no, moral o no, porque el fin (el dinero) justifica los medios. Porque es un superviviente de un tiempo, y unas circunstancias, que le ha tocado vivir. Y hace lo que sea necesario por sobrevivir. Esté bien desde el punto de vista de lo consuetudinariamente considerado como moral o no.

De Los intocables de Eliot Ness hay un personaje que me parece sensacional. El de Frank Nitti, un mafioso nterpretado por un actor no demasiado conocido, Billy Drago, un tipo al que el papel de asesino a sueldo contratado por Al Capone le viene como anillo al dedo. Como supongo que todos habréis visto la película de Brian De Palma (es del año 1987, tiene ya la friolera de treinta años, así que habéis tenido tiempo más que suficiente para verla si no lo habéis hecho ya -algo que sería imperdonable, por otra parte-), no escatimaré en información al respecto y os diré que Drago intepreta de manera magistral el papel de Nitti, un personaje que está inspirado en Frank “el ejecutor” Nitti, un señor de carne y hueso, Francesco Raffaele Nitto, un gángster nacido en Palermo y que fue, durante muchos años, la mano derecha del celebérrimo Al Capone en Chicago así como uno de sus principales lugartenientes. Si bien en la película Nitti acaba siendo arrojado al vacío por Eliot Ness (Kevin Costner), en la vida real Nitti acabó pegándose un tiro. Pero eso es lo de menos. El celuloide da para eso y mucho más, para cambiar sitios, acciones y hasta vidas. Porque el cine lo aguanta todo.

Hablaba de la amoralidad de Lorenzo Falcó. Esa característica que tanto marca al personaje. Ese rasgo que Pérez-Reverte dibuja como nadie en Lorenzo Falcó, en sus acciones, en sus movimientos, en sus pensamientos. En su talante, incluso. Ese rasgo que, en sus personajes de ficción (no es Lorenzo Falcó su primer valedor), tan bien sabe matizar el autor cartagenero.  De hecho, en una obra recientemente analizada en este blog, El tango de la guardia vieja, ya podía advertirse dicha característica en su protagonista, el bailarín mundano Max, un tipo que vivía como vivía en función del momento y de las necesidades. Un hombre condicionado por las exigencias de su propio guion vital (vivir de manera acomodada) y que, en aras de permanecer fiel a él, desoía la llamada del corazón hasta en tres ocasiones.

Estábamos con Frank Nitti, pero no el de verdad. El de Los intocables. El interpretado por Billy Drago. Es éste.

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Parece un cabrón con pintas, ¿verdad? En el filme lo era. Vaya que sí. Se lleva por delante a dos de los intocables. Al agente Oscar Wallace (Charles Martin Smith) y a Jim Malone (Sean Connery). Es un asesino sanguinario. Y eficiente. Muy eficiente.

Al respecto de Eva, no pienso contaros mucho más. Ya conocéis cómo funciona este blog. No me gusta destripar la acción de las novelas; prefiero, simplemente, dar unas pinceladas generales sobre sus argumentos y centrarme en otros aspectos que me hayan llamado más la atención. Por eso, me limitaré a deciros que, en esta obra, ambientada en 1937, Falcó recala en Tánger, donde deberá cumplir una peligrosa misión: conseguir que el capitán de un barco republicano cargado con oro del Banco de España cambie de bandera. Así, por la novela desfilarán espías sublevados y republicanos, marineros de diversas nacionalidades, embajadores, antiguas amantes de Falcó y también, cómo no, Eva, Eva Rengel, o Eva Neretva, la misma mujer soviética que ya se cruzara con Lorenzo Falcó en la primera aventura del espía y que viviera con él un tórrido romance y una bizarra relación de amor-odio y que ahora vuelve a aparecer, con oscuras intenciones, en su vida. Menudo cóctel, ¿verdad?

Vuelvo a Los intocables de Eliot Ness. ¿Por qué?, te preguntarás, si es que acaso no lo has hecho ya. Pues muy sencillo. Fijaos, soy un lector bastante atento; me gusta disfrutar con los matices, con las descripciones y hasta con los trasuntos que en ocasiones pasan desapercibidos para quienes leen de una manera más “lineal”. Y a esa manera de leer se une, además, una costumbre muy personal que consiste en tratar de imaginarme a los personajes, de ponerles rostro, y eso lo hago tirando de imaginación y correspondencias con el mundo del celuloide. Y Los intocables de Eliot Ness me ha servido para ponerle cara, y aspecto, a dos personajes de la novela de Pérez-Reverte. Por un lado, al propio Lorenzo Falcó, a quien me imagino como al agente George Stone, el eficaz tirador interpretado por Andy García, siempre impecablemente afeitado y peinado. Y, por otro, como ya os podréis imaginar después de todo lo hablado antes de él… a Paquito Araña como Frank Nitti. Con las mismas estridencias de vestuario (quién no recuerda ese ostentoso traje blanco de Nitti en el filme) pero, puestos a ser tiquismiquis, con los ojos de Steve Buscemi. ¿Más personajes? Claro, por supuesto. A Quirós, por ejemplo, me lo imagino como Brendan Gleeson en “En el corazón del mar”. ¿Y (sé que os lo estáis preguntando)cómo me imagino a Eva? Pues os lo diré. Como a esta señorita.

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Como a Natalia Simonova (la bellísima actriz Izabella Scorupco) en Goldeneye.

Hay que ver para lo que da la imaginación, ¿verdad?

Termino. Y resumo. Si queréis leer un libro donde la acción es frenética, leed Eva. Si queréis leer un libro donde los hombres y sus acciones se rigen por códigos, leed Eva. Si queréis leer un libro en el que hasta los silencios tienen significado, leed Eva. Y si ya os he convencido para que leáis Eva, si no lo habéis hecho antes, leed Falcó. Y, ya puestos, ved antes de nada, por primera vez o una vez más, Los intocables de Eliot Ness. Y luego me contáis.

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