‘Sucios y malvados’, de Juanjo Braulio: sórdida, turbia, impecable e imperdible novela

braulio

El 6 de septiembre de 2016, hace casi un año y medio, cuando este blog arrancaba su andadura y tan solo tenía tres entradas publicadas, dediqué la cuarta a disertar sobre un libro que, en aquel momento, acababa de leer y me causó una honda impresión. Se trataba de El silencio del pantano (Ediciones B, 2015), de Juanjo Braulio (Valencia, 1972), una novela negra de impecable ejecución y con una trama increíblemente adictiva. Recuerdo que cuando finalicé el libro acudí presto a Google para ver qué más tenía escrito este autor (que me resultaba absolutamente desconocido) con la sana intención de acudir ipso-facto a la librería más próxima para hacerme con el resto de su obra noir. Pero no encontré nada. Porque resulta que, hay que joderse, El silencio del pantano era su ópera prima. Así que, como sucede en estos casos, solo podía hacer una cosa: esperar a que escribiese otra novela mientras rumiaba un pensamiento al respecto de Braulio: que si El silencio del pantano era su tarjeta de presentación, en el caso de que le diese por escribir otra novela,  tendría muy complicado superar aquélla porque era francamente buena. Pero, cómo me alegra decir esto, me equivoqué. Para mi alegría, Braulio escribió otra obra, la que hoy nos ocupa, Sucios y malvados (Ediciones B. 2017), y qué queréis que os diga. A mí me ha parecido incluso mejor que la primera.

Sucios y malvados

¿Por qué? Muy fácil: porque, teniendo un argumento igual de adictivo que su anterior obra, ésta es incluso más profunda, más visceral y más retorcida. Y eso es precisamente lo que yo le pido a la novela negra. Que sea profunda, visceral y retorcida; que me incomode, que me haga pasar un mal rato, que me lleve de la mano al infierno de la condición humana, a las cloacas de la razón y de lo socialmente considerado como ético y justo, que me asfixie su amoralidad o, directamente, su absoluta falta de moral. Y que lo haga, además, gracias a un argumento que consiga que te remuevas, inquieto y hasta conmovido, en el sofá mientras lo lees porque te das cuenta de una lacerante verdad: que lo que estás leyendo puede que haya sucedido alguna vez, que esté sucediendo no demasiado lejos de donde vives en ese preciso instante, o que pueda suceder en cualquier momento. Porque lo que más asusta de cualquier novela negra es la posibilidad de que pueda suceder. Y, en el caso de Sucios y malvados, su carácter tangencial con la realidad es tan factible que uno no puede sino sentir un escalofrío. Y es que ya se sabe: hay algo peor que morirte, y ese algo es la certeza de saber que te vas a morir.

Antes de seguir, permitidme que, como hago siempre, os dé unas pinceladas sobre su argumento. Como ya sabéis que este blog no consiste en destripar obras sino en disertar sobre ellas, que es algo muy diferente, me despacharé este trámite con brevedad. Atentos. Sucios y malvados es una novela coral en la que, por encima de todos los personajes que trufan la narración, cobra especial fuerza -como conductora del hilo argumental y como pegamento entre las distintas partes y personajes- la inspectora del Cuerpo Nacional de Policía Roma Besalduch, una mujer que tendrá que investigar una serie de muertes y de macabras coincidencias aparentemente inconexas como son el suicidio de un hombre al que le acaba de tocar la lotería, la aparición del cadáver de un hombre ahorcado y de otro aparentemente muerto a causa de una cirrosis, luego, más adelante, de un contenedor de carga portuaria enterrado en un solar con los cadáveres de varias niñas en su interior… y todo ello salpimentado por otras historias que se entrelazan y acaban por confluir al final como por ejemplo la del grupo de prostitutas que acude a rezar a la capilla de la Virgen de las Rameras en un edificio abandonado; la de sus brutales proxenetas; la de un abogado sin escrúpulos y sus turbios negocios con unos rusos; o la de un músico formidable marcadísimo por los terribles abusos que sufrió de niño y al que solo la música, unas obsesivas disciplinas, el consumo de droga y la tutela de cuatro mujeres tan especiales como aparentemente antagónicas entre sí (y cuyo rol en la novela acaba por resultar capital puesto que ejercen de ángeles custodios, de dueñas y señoras y de jueces y verdugos de todo cuanto sucede a su alrededor) consiguen mantenerlo en equilibrio con la vida y con su peculiar cordura. Todo eso y mucho más es Sucios y malvados, una novela que, en apretadísimo resumen, es, simple y llanamente, formidable.

Sigo. Aviso a los navegantes. Sucios y malvados no, insisto, no es una novela fácil. Ni de leer, ni de digerir. Pero, en cambio, es una novela extraordinaria. ¿Y cómo es posible eso?, me preguntaréis. Pues os respondo con otra pregunta: ¿A que La verdad sobre el caso Savolta es un libro sensacional? Ajá. ¿Y es fácil de leer? Pues hala, ya tenéis la respuesta. Pero por si no os habéis leído la obra de Eduardo Mendoza (algo, por otra parte, imperdonable), os doy una respuesta más mascadita: Sucios y malvados no es fácil de leer porque es una novela coral, con toda la dificultad que implica leer una novela en la que varios personajes sin, en principio, aparente conexión entre ellos, van y vienen, hacen y deshacen, en la que tan pronto estamos en una escena de un crimen como en un bufete de abogados, en las labores de estiba de un puerto, en el despacho de una jueza, en la casa de un loco mientras le acompañamos en la redacción de su aparentemente errático diario lleno de notas musicales, de tonalidades, de canciones y de drogas, en las reuniones de esas cuatro mujeres antes nombradas (les dones de cadira -las mujeres de silla-, como Braulio denomina) bajo el Claustro del Real Monasterio de la Santísima Trinidad de Valencia (porque la novela, que no lo he dicho todavía, está ambientada en Valencia) o en la vivienda de una anciana que observa, a través de una ventana del salón, el incesante y extraño peregrinaje de prostitutas al interior de un edificio aledaño abandonado. Una novela en la que no es hasta bien avanzada cuando, al igual que sucede con la obra de Mendoza, empiezas, gracias a la genial cosmovisión de Braulio, a encajar las piezas del puzle. A engarzar matices, hechos y coincidencias hasta conformar un todo en el que te das cuenta de que nada de cuanto ha acontecido es casual. Una novela, en definitiva, que es como un inquietante paseo por un atolladero.

¿Y cómo remata Braulio la obra? Pues, a mi juicio, de manera magistral. Porque el final no malogra en absoluto el resto de la narración. Porque está muy bien logrado, muy bien definido y muy bien articulado. Y, también, porque Braulio, que te mantiene en tensión desde la primera página, no deja ni un solo cabo suelto de todos cuantos componen el relato. Su cosmovisión es total, y por eso, y porque ha sido capaz de conseguir mantener la intensidad de la historia durante 407 páginas sin flojear jamás, me parece que su final es francamente bueno. Y muy noir, por supuesto.

Voy concluyendo. Si os gusta el género negro, os recomiendo sin ninguna duda esta obra. No os defraudará. Os doy mi palabra de tío versado en novela polar, como la llaman los argentinos. La verdad es que, tal y como he dicho antes, Braulio me sorprendió muy gratamente con su primera incursión en el género negro, y con esta segunda novela no ha hecho sino afianzarse mi particular juicio sobre este autor. ¿Y cuál es ese juicio? Pues que, sin duda alguna, allá donde esté su genial y malogrado paisano Rafael Chirbes (autor total cuyas obras cumbre, Crematorio y En la orilla, fueron, curiosamente, las que sirvieron de arranque para este blog) seguro que estará tranquilo al saber que, en su tierra, ha dejado su magistral testigo noir en muy buenas manos. En las mejores. Porque, ya lo dije una vez en Twitter y lo repito por aquí, tengo la absoluta certeza y convicción de que como Braulio siga escribiendo, y siga escribiendo así, trascenderá. En transitivo. A su tiempo, me refiero. Y lo hará, sin duda, como uno de los mejores narradores de género policíaco de España. ¿Con permiso de silvas, zanones, boleas, etcétera? Con permiso… o sin él. Que el tío es muy bueno, coño. Fijaos en este detalle: hay productos que se venden por sí solos. ¿Y por qué se venden? Pues principalmente porque son muy buenos. Literariamente hablando, esta afirmación (este axioma, más bien) no suele ser demasiado diferente. Atentos: Braulio lleva escritos dos libros. Y han sido como dos rayos en mitad de una noche cerrada. El primero fue sensacional. Y este segundo, formidable. El primero, avalado por la crítica profesional y la amateur, avalado por sus ventas y avalado, incluso, por el hecho de que se ha puesto la vista en él para convertirlo en película. Y este segundo, de momento, avalado por la crítica profesional, también por la amateur, e, incluso, por otro detalle más de rabiosa actualidad: Sucios y malvados está actualmente en liza, en calidad de finalista y junto a las obras Ya no quedan junglas adonde regresar, de Carlos Augusto Casas, La mala hierba, de Agustín Martínez, El peor de los tiempos, de Alexis Ravelo, Taxi, de Carlos Zanón, y Conduce rápido, de Diego Ameixeiras, para la obtención del prestigioso premio Novelpol 2018 que otorga el certamen Tenerife Noir y que premia la mejor novela negra editada en español durante el año previo a la celebración del festival. Ahí es nada. En definitiva, que, volviendo al meollo sobre el que gira este párrafo, yo sin duda  apostaría por Braulio para acabar formando parte, en un futuro, de ese Olimpo noir nacional. A la derecha de Vázquez Montalbán y a la izquierda de Chirbes. Va una caña, para quien quiera apostar a ver si sucede. Tiempo al tiempo.

finalistas

Y, ahora sí, termino. ¿Hay algo que no me haya gustado del libro? Pues sí. Dos detalles, concretamente. Uno, el título. No me digáis por qué, pero a pesar de que a lo largo de la obra se hace referencia a estos epítetos en alguna ocasión, el caso es que, por lo que sea, no me termina de convencer. Pero esto, evidentemente, es algo subjetivo. Que habrá a quien le entusiasme. Y no por ello vamos a discutir. Porque si, por poner otro ejemplo, Mazurca para dos muertos, de Camilo José Cela, se hubiese titulado Las nueve señales del hijoputa (y esta frase no está dicha al azar, que tiene gran protagonismo en la novela), el libro me seguiría pareciendo formidable más allá del chabacano título. Y dos, lo que me sucede siempre. Que lo mío con este asunto es dramático. Que o los autores que me interesan no recalan en Zaragoza para presentar sus novelas, o que si recalan no me entero, o que si recalan y me entero no puedo ir por compromisos laborales o familiares. Vamos, que siempre se acaba dando una extraña conjunción interplanetaria para joderme una de mis aficiones favoritas, que es acudir a las presentaciones de libros, escuchar con atención a sus autores, saludarlos, darles las gracias -y la enhorabuena- por haber escrito sus respectivas obras (de bien nacidos es ser agradecidos) y, por supuesto, tener firmados sus libros. Pues bien, éste (una vez más) tampoco lo tengo firmado. Vale que me lo he leído en formato digital en un e-reader, pero da igual. Si lo hubiese tenido en papel es probable que tampoco lo hubiese tenido firmado (juraría -eso creo, aunque puedo estar equivocado- que Braulio no ha pasado por Zaragoza en este último año) así que mi consuelo, en cualquier caso, sigue siendo escaso.

A ver si con su próxima novela (que espero y deseo que la haya, y puestos a pedir que sea más pronto que tarde) arreglamos esto.

Entre tanto, seguiré disfrutando de otras lecturas.

Salud y cultura, amigos.

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