Una historia de ajedrez

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Nuestro hombre se mueve con lentitud pero avanza rápido. Es la paradoja y el denominador común de aquellos que, como él, miden más de metro noventa, que una zancada suya equivale a zancada y media de quienes, como su acompañante y anfitrión en tierras zaragozanas, el siempre atentísimo y detallista Maestro Internacional argentino Diego Del Rey (que a ojo de buen cubero le calculo un metro setenta raspado), o como yo mismo (metro setenta y cuatro) no crecimos tanto. Nuestro hombre, decía, se mueve lento pero avanza rápido. Por eso, desde que advierto su inconfundible silueta hasta que se halla donde me encuentro apenas transcurre un minuto. Llega tarde  -unos compromisos no le han permitido estar presente a la hora convenida, le excusa Del Rey– a una sesión de simultáneas que tiene programada en Utebo, una bonita localidad zaragozana, pero, a pesar de esa tardanza, nadie se lo tenemos en cuenta porque, las cosas como son, nuestro hombre no es un cualquiera. Es nada más y nada menos que Alexei Shirov. El sensacional ajedrecista letón nacionalizado español, una leyenda viva del juego ciencia y uno de los jugadores de ajedrez más queridos por el público por su carácter amable, por su afabilidad y, sobre todo, por el inmenso talento con el que le dotó Kaissa para mover las piezas y atacar. Sobre todo atacar.

Alexei Shirov llega tarde, decía, pero a nadie nos importa. Ni su tardanza ni tampoco que, antes de meterse en harina ante los treinta rivales con los que se ha de batir (y entre los que me encuentro), dedique unos minutos más a saludar a todos cuantos se le acercan, a darles un apretón de mano o a  hacerse una foto con ellos. Parece un winnie the pooh bonachón y en tamaño XXL ahí, al lado de niños que llevan debajo del brazo su sensacional libro “Fuego en el tablero” y que apenas le llegan al ombligo.

Alexei Shirov está en Utebo no por casualidad sino gracias a las gestiones realizadas por el Club de Ajedrez San Lamberto de Utebo, que se las ha ingeniado para contar con el hispanoletón en una sesión de simultáneas y también para encabezar la nómina de jugadores del torneo que ha de celebrarse el domingo, el XIII Torneo Internacional Ayuntamiento de Utebo*. Todo un hito formidable si tenemos en cuenta lo complicado que suele ser contar con jugadores de este nivel para actividades tan populares, y más cuando el club que realiza estas gestiones no es un club excesivamente grande de tamaño. Pero cuando haces las cosas bien, al final los resultados llegan, y que Shirov esté en Utebo podría sorprender al neófito del ajedrez pero no a quien, como un servidor, conoce la evolución del club, puesto que, agarraos a la silla, conseguir que venga Shirov es un puntazo, pero es que estos años atrás se logró que visitara la localidad nada más y nada menos que Michael Oratovsky y Paco Vallejo. GM´s que no necesitan presentación.

Volvamos a la aparición de Shirov en escena.

Decía que Shirov había llegado tarde pero que a nadie nos importaba en absoluto. Pues bien, en un momento dado, me acerco a él, le brindo la mejor de mis sonrisas y le extiendo la mano. Diego Del Rey hace las presentaciones; como buen argentino, me da cera (Alexei, éste es Ramón, dice, y luego le dedica varios epítetos -que sin duda no merezco- a mi manera de jugar al ajedrez, lo que provoca mi sonrisa y también la de Diego -es un cachondo el tío-) y el gigante rubio me devuelve la sonrisa mientras me extiende su manaza de oso grande, de plantígrado bonachón, y me la estrecha pero sin apretar. Tampoco la deja blanda, que eso es peor -habría que prohibir por decreto ley dejar la mano blanda, como exangüe, al saludar, y ya de paso también las manos sudadas- pero no la aprieta, y agradezco que no lo haga porque las consecuencias podrían ser dramáticas para la mía. Me sacan una foto con él pero entre que nos ponemos de frente al sol y que el fotógrafo no es muy ducho, salgo francamente mal para tratarse de una foto para el recuerdo, pero no me importa. Estoy con Alexei Shirov, joder. Con una leyenda viva del ajedrez. Con (a mi juicio y junto a Alexander Morozevich y Judith Polgar) el mejor jugador de ataque desde los tiempos de ex campeón mundial Mijail Tal, compatriota, por cierto, suyo, puesto que ambos nacieron en Riga.

Shirovyyo

Así, a bote pronto, la primera impresión ha sido buena. Shirov me ha caído bien. Solo hemos cruzado una palabra (“encantado”) pero creo que me podría ir de cañas con él. Del Rey me comenta en un momento dado que la noche de antes Shirov se tomó, en su compañía, un par de vinos y otro par de latas de cerveza Quilmes entre el antes y el durante de la cena, y me da la sensación de que podría tomarse un hectolitro de lo que fuera sin notar el efecto embriagador del alcohol. Unos minutos más tarde finalizan los saludos, las fotografías y los autógrafos y, con todos ya dispuestos en las mesas para jugar con él, Shirov se quita su americana beige, la coloca con cuidado en el respaldo de una silla y empieza la partida simultánea. Mientras da la vuelta y noto cómo se acerca hacia mi mesa, yo, que ironías de la colocación de los tableros me toca con las piezas blancas, empiezo a pensar qué debería hacer para que no me vuelva del revés en menos de veinte movimientos. Que no me inmortalice con uno de sus fulgurantes ataques o de sus increíbles sacrificios. Que nuestra partida no sea una miniatura, como así se conoce en el ajedrez a las partidas que duran muy poco. Descarto abrir con peón de dama (soy jugador de peón de rey porque me gustan las posiciones abiertas y me gusta tener la posibilidad de atacar) y decido mantenerme fiel a mis principios, así que cuando tengo a Shirov delante le estrecho de nuevo la mano y muevo 1.e4

Levanto la vista hacia el formidable maestro hispano-letón y entiendo, al instante, por qué es un ajedrecista profesional, por qué es tan bueno en lo que hace. En su cara no hay ni rastro de la afabilidad y la simpatía previas. Parece que esté en un funeral. Está serio, muy serio, y, con gran energía, avanza su peón de rey hasta la quinta fila.

1.- e4, e5

Vaya por Dios, pienso. De todas las posibles contestaciones posibles, sin duda es la que menos me gusta enfrentar. No por nada en especial, sino porque contra el resto de defensas (siciliana, francesa, carokán, pirc) juego líneas de doble filo, algunas incluso secundarias, en las que suelo llevar la iniciativa por cuanto soy yo quien ataca a pesar del déficit de material en algunos de los casos (tengo una incurable afición por jugar gambitos). Pero no contra 1.-…,e5, contra la que normalmente juego el gambito de rey (1.- e4, e5 2.- f4) pero contra rivales de índole menor. Y digo esto porque, justo en ese instante, me cago encima, como se suele decir. Porque pienso que si le juego el gambito de rey es seguro que él va a saberse toda la teoría habida y por haber, que además yo tampoco es que la recuerde especialmente bien, y que por lo tanto me va a destrozar enseguida. Así que, con esa victoria moral ya en su casillero, abandono la idea del gambito de rey y pienso, rápido (ya está llegando de nuevo a mí) qué hacer. Doy por hecho que si saco el caballo a f3 él replicará con Cc6, y si eso sucede tengo una idea que se me antoja óptima: jugar una italiana. La mayor sosada que se ha visto jamás sobre el tablero y que consiste, básicamente, en sacar las piezas, enrocarte y empezar a maniobrar. Claro que si juego esto tiro por tierra la posibilidad de que haya fuegos artificiales en el tablero desde el minuto uno, pero con Shirov delante me parece una decisión excelente. Dicho y hecho. Cuando se persona delante, juego Cf3 y, comoquiera que responde al toque, jugamos unas cuantas jugadas más, hasta dejar la partida de esta guisa:

1.- e4, e5 2.- Cf3, Cc6  3.- Ac4, Ac5  4.- d3, d6  5.- Cc3, Cf6  6.- h3, Ae6  7.- Ab3, h6

8.- De2, 0-0

Se va. En este instante valoro positivamente mi decisión de jugar algo tan tranquilo. Salvo despiste mayúsculo, esto me garantiza jugar un buen rato más con él. Y así sucede. Durante varias vueltas más en las que Shirov va despachando rivales (muchos son niños) con implacable eficacia, mi partida continúa por esta senda

9.- Ae3, Cd4 10.- Axd4, exd4 11.- Cb1, a5 12.-Axe6, fxe6

En este instante, no sé por qué, me vengo arriba. Es inevitable. Lo llevo en la sangre. A la mínima, salto. Y mi peón de g2 vuela, raudo hacia g4, con la procaz intención de destrozarle el enroque y abrir paso a la artillería pesada.

13.- g4

 

Shirov, que hasta este entonces había jugado con bastante ritmo, al toque, se clava ante el tablero y adopta un gesto de reflexión. Me imagino su cabeza como una especie de Matrix, con cientos de combinaciones viajando, raudas, por su cerebro, hasta dar con la secuencia más exacta. Y, cuando apenas un minuto después lo hace, mueve:

13.-…, Cd7

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Yo decido continuar con mi plan y, antes de avanzar el insolente peón de g hasta g5, decido desarrollar el caballo de b1 para poderme enrocar en largo. Y entonces se sucede la siguiente secuencia:

14.- Cbd2, e5 15.-g5, Ab4 16.-gxh6, gxh6 17.-0-0-0, Df6 18.-a3, Axd2+ 19.-Cxd2, Rh7 20.- Dg4, Cc5

En este punto, yo ya no era un simple jugador de ajedrez amateur. Había dado un salto cualitativo y era un héroe. Estaba jugándole al mismísimo, irrepetible y formidable Alexei Shirov, un tío que había hecho morder el polvo a toda la élite del ajedrez mundial, de tú a tú un medio juego en el que, ciertamente, no me veía mal. Por un momento, fantaseé con que Shirov me ofreciese tablas, que de buen agrado las hubiese aceptado, pero entonces también pensé que Shirov jamás me las ofrecería porque yo era un mindundi, no un GM con los que habitualmente se bate el cobre, y me tenía que ganar sí o sí. Asimismo, al no ser yo un GM, ofrecer las tablas por mi parte hubiese sido inane, y pensé que hacerlo, además, sería enviarle un mensaje que a él, un tío con una perspicacia psicológica formidable, no le pasaría inadvertido: que estaba asustado y era alguien conformado. Así que decidí seguir como si nada, maniobrando con mis piezas y tratando de no dejarme nada por el camino.

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21.-Thg1, Tg8 22.-Dh5, Ce6 (el peón de f2 es tabú por la simple Tgf1) 23.-Tg3, Cf4 24.-Df3, b5 25.-Tdg1, h5 26.-Txg8, Txg8 27.-Txg8, Rxg8 28.-Dg3+, Rf7

En este punto yo ya era, oficialmente, un tío feliz. Aguantarle treinta movimientos a Shirov no es moco de pavo y por eso, aunque había algo en mi interior que me decía que ese final al que había llegado era ligeramente inferior para mí, que soy un jugador amateur y que tarde o temprano cometería un error que, sin duda, Shirov vería y explotaría a su favor para ganarme con solvencia, todo eso ya me daba igual. Estaba sobreviviendo a Shirov en el medio juego y sin dejarme nada de material por el camino. Y eso, para los que saben algo de ajedrez, es como si en tu puñetera vida te has montado en una bicicleta más que para ir a dar una vuelta los domingos y un buen día vas y subes con una bicicleta sin marchas medio Angliru a rueda de Alberto Contador y sin hiperventilar.

29.- Rb1, Ce2 30.-Dg2, Df4 31.-Df3, Dxf3 32.-Cxf3, Rf6 33.- a4, c6 34.-axb5, cxb5 35.-h4, a4 36.-Ra2, b4 37.-Cd2, Cf4 38.-Cf3, b3+ 39.-cxb3, axb3+ 40.- Rxb3, Cxd3 41.- Rc4, Cxb2+ 42.- Rd5, Re7

En este instante ya solo quedábamos cuatro tableros en liza. Cada movimiento que pasaba Shirov pensaba más, sin duda tratando de rematar la partida con elegancia. Y, llegados a este punto (en el que ya me veía francamente peor) decidí acabar la lucha con fuegos artificiales. Algo me decía que iba a perder, pero pensé que, de haber una ínfima posibilidad de hacer tablas, sin duda tenía que ser ésta:

43.- Cxd4

En este momento, Shirov me miró muy fijamente y luego clavó la vista en el tablero y se sumió en una profunda meditación de un par de minutos. Por un instante, hizo varios gestos como de fastidio, como si mi sacrificio fuese a surtir efecto y lograr con él las tablas, que es a lo máximo a lo que podía aspirar. Pero no. El tío es bueno. Muy bueno. Por eso es Shirov.

Y entonces se sucedieron los siguientes movimientos:

43.-…, exd4 44.- Rxd4, Cd1 45.-f4, Cf2 46.-e5, dxe5+ 47.-Rxe5 48.-Rf5, Ch3 49.- Re5, Cg1 50.-f5, Ce2

La partida se prolongó varios movimientos más (todos ellos prescindibles ya y realizados por mi parte por pura inercia), concretamente hasta que la defensa del peón h3 se hizo inviable y el peón f se convirtió en anecdótico, algo relativamente fácil de materializar para cualquier jugador con cierto nivel y conocimiento de finales y algo sencillísimo para un GM como Shirov. Cuando aquello sucedió, me rendí. Le había jugado de tú a tú a uno de los mejores ajedrecistas del siglo XX, a un tío que había estado a punto de coronarse campeón del mundo de ajedrez en dos ocasiones, y había durado (a pesar de lo prescindible de los últimos diez movimientos, que sin duda él había calculado perfectamente pero yo no) casi sesenta movimientos, por lo que estaba muy orgulloso de mi rendimiento. Haber perdido me daba igual porque, en cierto modo, era el resultado lógico. Levanté la vista con una sonrisa dibujada en el rostro y le extendí la mano a Alexei, quien me devolvió la sonrisa y me estrechó la suya con la misma fuerza (ni mucha ni poca) que cuando nos habían presentado. Y entonces me dijo, simplemente, dos palabras: “muy bien”. Luego, sin perder más tiempo, volvió a mutar su gesto, volvió al modo funeral y se concentró, de nuevo, para despachar a los rivales que aún quedaban en liza. Y, justo en ese momento, ya relajado, pude fijarme con detenimiento en el gigante letón. Llevaba el pelo bastante corto, pero me lo imaginé con el cabello algo más largo, como cuando lo lucía en su juventud, y entonces un relámpago literario cruzó mi mente y tuve una revelación.

Y cuando, un rato más tarde, ya en casa, lo comprobé, lo tenía clarísimo:  Shirov, sin duda, era, tenía que ser, en quien se había inspirado Pérez-Reverte para construir el personaje de Sokolov, el ajedrecista que se enfrentaba a Keller en Sorrento en la novela El tango de la guardia vieja. Y sería capaz de jugarme un par de euros a que estoy en lo cierto.

viejaguardia

Y así fue cómo en una misma tarde conocí al increíble ajedrecista letón, jugué con él de tú a tú, me estrechó la mano dos veces, me dedicó tres palabras,  me dio una formidable lección de finales de ajedrez que jamás olvidaré y tuve una revelación literaria. Ahí es nada.

Gracias, Alexei.

*Nota: Alexei Shirov ganaría el XIII Torneo Internacional Ayuntamiento de Utebo con un formidable score de 8/9, venciendo a 7 rivales consecutivamente en las siete primeras rondas y tan solo levantando el pie del acelerador en las dos últimas, cediendo dos tablas.

 

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