“La isla de las últimas voces”, el nuevo The Joshua Tree de Mikel Santiago

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Cuando un autor ha perpetrado, más que escrito, una novela, y he tenido la mala suerte de leerla, ese narrador, si acaso vuelvo a abrir un libro suyo, tiene algo a su favor, y es que una porquería muy grande ha de ser aquello que haya escrito para que me parezca peor que lo anterior. Me sucede (perdón por lo que a continuación voy a decir) con autores como Ray Loriga (autor en este blog analizado y al que siempre le acabo dando una nueva oportunidad a pesar de que todo cuanto últimamente he leído suyo me parece, simplemente, infumable) o también (ojo, unpopular opinion incoming) Mario Vargas Llosa, quien desde La fiesta del chivo va, a mi juicio, en una imparable barrena literaria. Por extensión, esto me sucede también con la música (no os vayáis a creer que esto va solo de filias o fobias literarias); y os pondré un ejemplo para terminar de caeros o muy bien o muy mal: U2. Sí, amigos, mi opinión personal sobre el conjunto irlandés es que es, probablemente, el grupo más sobrevalorado del planeta y que lleva sin componer nada decente desde 1987, año en el que lanzaron el formidable y orgásmico The Joshua Tree.

joshuatree

Pues para que os hagáis una idea, y por fin abordo el tema que me ocupa hoy, cada vez que Mikel Santiago saca una nueva novela me da el canguelo. Voy corriendo a comprarla, eso es así, pero antes de abrirla cierro los ojos, respiro profundamente y pienso: “Mikel, no me jodas”.

¿Por qué? Pues porque el tío lleva creando varios The Joshua Tree seguidos y me da miedo que lo nuevo pueda ser un Achtung baby.

Sí, esto es exactamente lo que me sucede con el autor vasco; porque el tío escribe (para mi gusto sobre el género noir) tan jodidamente bien, e hila unas historias tan sumamente adictivas, que me asomo a sus novedades con un atisbo de temor. Porque pienso: ¿Y si me gusta menos que las anteriores? ¿Y si es un leño? ¿Y si ha perdido el flow? ¿Y si…?

Pero (como yo ya sospechaba, intuía o acaso simplemente deseaba con todas mis fuerzas) el caso es que Santiago, una vez más, lo ha vuelto a hacer. Y no, no ha creado ningún Achtung baby. Ha vuelto a crear un The Joshua Tree remasterizado y con la colaboración especial de la reencarnación del mismísimo Frank Sinatra a los coros de I still haven´t found what I´m looking for.

O dicho de otra manera: que lo último del autor vasco, La isla de las últimas voces (Ediciones B) es for-mi-da-ble.

islavoces

¿Que de qué va? Te lo cuento, en modo pastilla concentrada de avecrem:

Tenemos a un soldado, Dave Dupree, que viaja en un avión que transporta una misteriosa caja negra que nadie sabe qué contiene exactamente pero que debe de ser algo de eso que en las películas de los Estados Unidos se cataloga como top secret. El avión sufre un accidente y aunque Dave, milagrosamente, sobrevive y es rescatado por unos habitantes de una isla del Mar del Norte (St. Kilda), no es consciente de que su lucha por seguir vivo no habrá hecho más que comenzar. ¿Por qué? Porque esa misteriosa caja que incluso produce delirios psicosomáticos a quienes se acercan a ella es advertida por los habitantes de la isla como un vector hacia una vida mejor. Creen que en su interior hay algo que les convertirá en ricos, o que podrán venderla al mejor postor, y comoquiera que está hecha de un material de una dureza sensacional y no pueden abrirla por los métodos habituales, Dave será retenido como rehén e instado a que la abra. Alrededor de esta historia principal, Santiago hará girar otras historias que discurren en paralelo y que protagonizan los habitantes de la isla (Bram, Carmen, Didi, Lomax, McGrady, Lorna…) y que, en última instancia, convergen todas en una sola.

De este modo, y a lo largo de casi 600 páginas, Santiago nos presentará, también, a Carmen, una chica española cuyo marido e hijo fallecieron en un accidente de avión y que ha ido a parar a St. Kilda para empezar una nueva vida; a Amelia, la dueña del pequeño hotel donde Carmen trabaja; a Bram, un sexagenario amante del arte y enamorado en silencio de Amelia; a Charlie Lomax, un ingeniero que ha vuelto a St. Kilda a dar una mala noticia a los habitantes de la isla pero también para abrir su corazón a Carmen; a unas autoridades pusilánimes que se irán viendo sobrepasadas por los acontecimientos; a unos pescadores violentos y primarios cegados por los impulsos y el afán de riqueza; a una familia (los Lusk) detestable y carente de ningún tipo de moralidad a la hora de actuar; y a todo un rosario de personajes secundarios que, cada uno con sus características, irán trufando el relato y lo convertirán en un babel de microhistorias que, en última instancia, confluirán en un apoteósico final.

¿Y qué más pasa? Pues de todo: hay amor, hay intriga, hay radios que se estropean, hay nieve en las comunicaciones, hay una caja que ejerce un influjo que parece que es una mezcla entre Poltergeist, Matrix y Stargate, hay violencia (contenida y sin contener), hay un ataque que se me antoja como el de Javier Bardem y sus acólitos a la finca Skyfall de James Bond en la película del mismo nombre y hasta hay casi tantos muertos como en ese ataque de Skyfall.

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Vale que en la novela de Santiago no explota ningún Aston Martin, pero no os vayáis a creer que no hay explosiones. Que Dave Dupree se pega el libro entero hecho un ecce homo, con las costillas hechas harina, un pie como una bota y tomando más analgésicos que Bruce Willis en toda la saga de la Jungla de Cristal pero el tío gasta muy mal café y sabe cómo hacer un explosivo hasta con un saco de fertilizante.

Y no os digo más, que de spoilers ya vais bien servidos.

Voy terminando: son, en esencia, casi 600 páginas de un no-poder-parar-de-leer. Sí, lo decía antes: Mikel Santiago lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a demostrar(me) que domina a la perfección el género noir, que sabe mantener la tensión sin decaer ni un solo momento y, sobre todo, que puede meter a Barbra Streisand y hasta a los buenos de los Bee Gees en una novela negra sin que parezca una ida de olla de los hermanos Cohen.

Os podría contar mucho más, pero casi que os compráis el libro y lo disfrutáis a tope vosotros mismos. Yo así lo he hecho.

Y ahora, a seguir leyendo más cosas mientras Mikel prepara otro The Joshua Tree. Porque (Mikel, no me jodas), confío plenamente en que lo volverá a hacer.

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