“Sangre de liebre”, de Juan Bolea, o cómo el ‘noir’ llegó a Los Monegros

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Retomo la actividad del blog (pido encarecidamente perdón a mis lectores por los 16 meses -que se dice pronto- de inactividad), y lo hago con una reseña del último libro que he tenido el placer de leer, “Sangre de liebre” (Alrevés editorial, 2020), del escritor aragonés Juan Bolea, una obra que está recién horneada; no en vano fue presentada, dentro de la programación cultural del Festival Aragón Negro que lleva celebrándose desde el pasado día 15 de enero y hasta este viernes que viene en Zaragoza y 22 subsedes, hace solo nueve días, el día 20, en el Teatro Principal de Zaragoza.

Ésta es la primera vez que abordo, en este blog, el análisis de una novela de Bolea. Podía haberlo hecho antes, es cierto. Podía, incluso, haber hecho un monográfico sobre este autor e ir desgranando, una a una, todas sus obras. Y tanto es así porque, desde que entrara por la puerta grande de la novela negra y policiaca nacional con la excepcional “Los hermanos de la costa” (Ediciones B, 2005), la primera de las obras protagonizadas por la poliédrica y andrógina subinspectora Martina de Santo, la complejidad y lo adictivo de sus historias así como su eficacia narrativa me atraparon por completo, hasta el punto de que todo cuanto luego publicó fue objeto de adquisición por mi parte y actualmente adorna mi pequeña librería. Así, después de “Los hermanos de la costa” llegarían “La mariposa de obsidiana” (2006), “Crímenes para una exposición” (2007), “Un asesino irresistible” (2009), “Orquídeas negras” (2010), “La melancolía de los hombres pájaro” (2011), “Pálido monstruo” (2012), “El oro de los jíbaros” (2013), “Parecido a un asesinato” (2015),  “El síndrome de Jerusalén” (2016), “Los viejos seductores siempre mienten” (2018) y, ahora, este último, “Sangre de liebre”.

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Tenía ganas de leer lo último de Bolea, las cosas como son, y es que el autor aragonés nunca deja de sorprenderme. De un tiempo a esta parte, venía advirtiendo en él cierta evolución narrativa que luego explicaré, y tenía curiosidad por saber si esta última obra sería consecuente con dicha evolución y continuaría por la senda marcada por sus últimas incursiones literarias. Y he de decir que así ha sido. Porque Bolea, un narrador con un excelente manejo del lenguaje y con una eficacia narrativa fuera de toda duda, ingresó en el género noir con la antes nombrada “Los hermanos de la costa”, y en aquella obra Bolea se advertía como un narrador serio, muy solvente, que no dejaba nada al azar o a la interpretación, y que hacía gala de una prosa algo barroca. Algo reflejo de un formidable manejo del castellano, de su vocabulario y sus incontables recursos estilísticos, y algo que por lo tanto yo, que me gusta cuidar el lenguaje y cuya riqueza y versatilidad aprecio en las novelas, disfruté mucho, pero que tal vez resultase algo plúmbeo para un lector habitual de novela negra o policíaca acostumbrado más a la acción que a las descripciones psicológicas, a las novelas donde se prima el qué por encima del porqué. Luego de  “Los hermanos de la costa” llegarían, entre los años 2007 y 2015, una serie de novelas de idéntico corte, con personajes bien formados, con fuerte carga psicológica, con adictivas tramas herméticamente cerradas donde nada se prestaba a la interpretación, y con una narrativa muy seria, muy cuidada y muy eficaz. Pero justo entonces, en 2015, es cuando algo pareció hacer “clic” en el cerebro de Bolea y decidió cambiar el chip narrativo y adentrarse en otra manera de escribir más “mundana”, más ágil y directa, y en la que el humor cobraba protagonismo.

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Con “El síndrome de Jerusalén”, la última de las aventuras (la séptima de toda la saga) de la subinspectora Martina de Santo y la aparición en escena del detective Florián Falomir, la narrativa de Bolea experimentó una evolución sustancial, algo que se vio reflejado con mucha más intensidad en su siguiente obra, “Los viejos seductores siempre mienten”, donde Falomir ya es el protagonista y donde Martina de Santo hace un “cameo” al final de la novela, y sobre todo en esta última, “Sangre de liebre”, donde Falomir afronta un peculiar caso sin la ayuda de la famosa subinspectora y donde el humor tiene un poso muy importante en todo el libro, filtrándose en él a través de los ingeniosos diálogos que el detective mantiene con todos cuantos personajes trufan el relato. O lo que es lo mismo, que Juan Bolea, como otros tantos autores que evolucionan a lo largo de su carrera literaria, parece estar experimentando con nuevos recursos, con nuevas maneras de abordar las novelas, con nuevos registros. Probando cosas y encontrando nuevos cauces comunicativos. Como sucede, por ejemplo, con Eduardo Mendoza, capaz de escribir libros tan antagónicos narrativamente hablando como “La verdad sobre el caso Savolta” y “Sin noticias de Gurb”, pero ambos sensacionales se mire por donde se mire por cuanto la genialidad radica en la destreza del autor a la hora de atrapar al lector, y eso es algo innegable en ambas obras.

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¿Y de qué va la última incursión novelística de Bolea? Pues, en esencia, “Sangre de liebre” arranca con la irrupción, en la agencia de dectives Las cuatro efes (en la que trabajan Florián Falomir, su socio Fermín Fortón y la secretaria Benita Cortés), de Lu Sangara (que ni se llama Lu ni se apellida Sangara, que es un mentiroso compulsivo así como un ciclotímico de manual y que artista es un rato, pero más en el sentido peyorativo de la expresión que en el literal relacionado con el mundo del arte), un tipo que, recién casado con la hija del millonario Abdón Chaure, ha perdido, durante una juerga con una prostituta, un carísimo reloj de lujo de marca Panerai. Este arranque, que bien podría parecerse (salvando las distancias) al de la película Airbag (1997), en la que Karra Elejalde (Juantxo en la película), un miembro de la alta sociedad que va a casarse con una chica de familia adinerada, pierde el anillo de bodas en un prostíbulo durante su despedida de soltero e inicia su búsqueda junto a sus amigos Paco (Alberto San Juan) y Conradín (Fernando Guillén Cuervo), avanza luego por otros derroteros para nada previstos. Y es que a la pronta y aparentemente sencilla recuperación del reloj, que es hallado sin la menor dificultad, sobreviene un rosario de circunstancias que cambia por completo la vida de Falomir, que, de la noche a la mañana, se ve inmerso en una espiral de alcohol, drogas, pasión y sexo que lo arrastra a los infiernos de la condición humana y que le hace recalar en un paraje del desierto de Los Monegros, donde se desarrolla (junto a Zaragoza) parte de la acción de la obra. Así, a lo largo de las 288 páginas de las que consta el libro, Bolea hila una historia donde la ambición, las envidias, la venganza y los celos conforman una madeja singular que se traduce en el asesinato del suegro de Lu Sangara y cuyo desenredo corre a cargo de un investigador, Florián Falomir, tan sagaz como mundano, bipolar desde el punto de vista de la investigación (alterna el más exacerbado prurito profesional con la desidia más absoluta en función de su estado de ánimo -o de la intensidad de la juerga de la noche anterior-), dionisiaco en lo concerniente a la bebida, entregado (también) a los placeres de la gastronomía (a pesar de la dieta vegana que le inflige Ana María, su invidente novia) y algo laxo de moral en lo referido a la fidelidad.

En definitiva, un libro lleno de ingenio, de sorpresas, de giros inesperados, de gastronomía, de humor, de crímenes, de bajas pasiones, de golpes de efecto y de investigación por cuyas páginas discurre todo un caleidoscopio de personajes de profundo corte psicológico, llenos de rarezas, de medias verdades, de secretos inconfesables y, en ocasiones, de amoralidad. Y todo ello ambientado en mi tierra, en Aragón, en mi ciudad, Zaragoza, y en Los Monegros, un lugar al que tantas cosas me unen. Qué mas puedo pedir. Pues que me lo firme. Pero eso será fácil de solucionar. Que para eso Juan Bolea, además de un grandísimo escritor (su firme trayectoria, además de la reciente consecución del Premio de las Letras Aragonesas 2018, lo avalan como tal), es alguien a quien tengo el gusto, o más que el gusto el honor, de conocer desde hace ya 15 años, cuando yo era un joven recién licenciado en Periodismo y ambos coincidimos en la redacción de El Periódico de Aragón, donde él firmaba (y sigue haciéndolo) un billete de opinión titulado Sala de máquinas, y un hombre honesto e íntegro con el que guardo una excelente relación a pesar de que nuestras vidas profesionales tomaron rumbos divergentes con el paso de los años y al que, siempre que se presta la ocasión, me gusta saludar y conversar un rato con él. Algo que muy pronto haré y aprovecharé la coyuntura para que me dedique la obra.

Por todo ello, concluyo: si te gusta Juan Bolea como autor, este libro te resultará ameno, así que léelo. Si te gustaron los casos previos de Florián Falomir, éste te gustará también, así que léelo. Si no has leído nada de Juan Bolea, “Sangre de liebre” puede ser un buen comienzo, así que léelo. En definitiva: a qué esperas para leerlo.

Salud y cultura, amigos. Hasta la próxima.